Sobre el Código Civil Imprimir

Texto de la declaración personal de Mons. José María Arancedo sobre temas de la Reforma del Código Civil


Cuando el Poder Ejecutivo anunció el propósito de unificación y reforma del Código Civil y Comercial, la Conferencia Episcopal Argentina tomó nota de la importancia de esta obra, y quiso participar en este proceso de un modo positivo y constructivo, así también exhortó a todos los fieles y a la sociedad en su conjunto, a hacerlo de un modo responsable.

Con esta finalidad la Asamblea Plenaria publicó un documento: “Reflexiones y aportes sobre algunos temas vinculados a la reforma del Código Civil” el 27 de abril de 2012. En ese documento, que se hizo público, quedó expresada la opinión de la Iglesia que conserva su plena vigencia. En ese documento expresábamos el “carácter modélico” de una ley como el Código Civil, donde se definen instituciones y normas fundamentales para la vida personal, familiar y social; insistíamos, recuerdo, en no trabajar con urgencias, se hablaba sólo de 90 días.

 

Quisimos participar personalmente y, para ello, me inscribí como presidente de la CEA de acuerdo al procedimiento establecido y asistí en el día y la hora que me concedieron en la bicameral el 23 de agosto de 2012. Allí expuse como uno más el pensamiento de la Iglesia, solicitando, también a todos los fieles a participar en las distintas audiencias públicas. Nuestra participación fue clara y pública en el marco establecido, también entregamos dicho documento a todos los legisladores e instituciones, como a la prensa. A lo largo de todo el país participaron igualmente obispos, fieles, universidades, colegios profesionales, otras iglesias, pueblos originarios y diversas comunidades. Recuerdo que una parte significativa en estas audiencias y a lo largo del país, coincidió con los términos de nuestro documento en planteos fundamentales. Siempre valoramos la obra que se iniciaba y el papel del legislador como expresión de reflexión y sabiduría en una comunidad. Dije en aquella oportunidad que elaborar leyes es función del Estado y no de la Iglesia, pero que ella tiene la obligación de colaborar con la sociedad en un marco de reflexión y diálogo, en la búsqueda de aquellos principios morales objetivos que son el fundamento de toda obra legislativa, y que son “accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación”. La fe, concluía, no se opone a la razón. Hablé como obispo, pero también como un argentino que ama a su Patria y quiere lo mejor para ella.

 

Algunas de nuestras observaciones que expuse en aquel momento y de las que se me solicita un parecer, son las siguientes:

 

- Consideramos como una condición esencial la definición legal del comienzo de la existencia de la persona humana, que se presenta en al artc. 19 del proyecto, y en línea con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (art. 6). La vida humana, decíamos y decimos,  comienza desde el momento de la concepción, entendida como la fecundación, sea dentro o fuera del seno materno. Desde ese momento hay vida humana y debe ser protegida sin importar las circunstancias. Los embriones no son cosas. Remitir la protección del embrión no implantado, dijimos,  a una ley no existente resulta insuficiente para evitar atentados presentes o futuros contra su la vida o dignidad, quedando expuestos a la manipulación, comercialización, industrialización o destrucción.

 

- Valoramos que se haya excluido del proyecto la legalización de la  “maternidad subrogada”  también llamada alquiler de vientres y se halla reforzado la prohibición de la manipulación genética. Sin embargo, no podemos estar de acuerdo con la regulación incompleta que se propone de las técnicas de procreación artificial, que podría incluir, aunque se la haya suprimido, la “fecundación post-mortem”. También la filiación fundada en la llamada “voluntad procreacional”, que privilegia los deseos de los adultos sobre los derechos del niño, llegando a conculcar su derecho a identidad al quedar sujeta a la voluntad de los adultos. Todos los niños tienen derecho a conocer a sus padres y en la medida de lo posible ser criados por ellos (art. 7, inc. 1, Convención sobre los derechos del Niño). El peligro es un Código adultocéntrico.

 

- Esta innovación propuesta implica establecer discriminaciones en contra de determinadas categorías de hijos, privando a alguno de ellos de su derecho a la identidad. Creo inconveniente que se favorezcan esas técnicas de fecundación artificial que debilitan notablemente el vínculo que surge de la filiación por adopción. Si no obstante ello, dije en la bicameral, se decidiera llevar adelante la fecundación axtracorpórea, el ser humano concebido de esta manera tiene, como ya hemos dicho, el mismo estatuto, dignidad y derechos que cualquier otro. En el derecho comparado podemos ver que existen países que han limitado los daños provocados por el usos de estas técnicas, restringiendo el acceso a ellas los matrimonios formados por varón y mujer, y prohibiendo la crioconservación de embriones, entre otras restricciones. No todo lo que es técnicamente posible y deseado en el manejo de la vida, es necesariamente ético y respeta su dignidad. Mi libertad no es un absoluto creador. No se puede no tener en cuenta en una legislación, que pertenece al ámbito positivo, el fundamento humanista y alcance filosófico que subyace en toda legislación.

 

- También considero que al matrimonio se lo convierte en una institución completamente frágil e incluso menos exigente que la cohabitación sin matrimonio. Pienso que el deseo de un divorcio Express ha llevado a debilitar una de las instituciones básicas sobre la que se funda la familia. Un tema pendiente en este contexto sería ver la posibilidad de reconocer civilmente formas de matrimonio estable, como el que la Iglesia propone a sus fieles.

 

- Estas reflexiones son a título  y sólo sobre algunos temas, quedando muchos otros importantes que son objeto de discusión parlamentaria y sobre los cuales habría que alcanzar más allá de mayorías circunstanciales y transitorias  consensos que nos hagan crecer en un sentido de pertenencia y de amistad social, gracias a la búsqueda sincera del bien común, que permita lograr instituciones sólidas y duraderas, respetuosas de la vida, la familia y la libertad en todas sus formas, comenzando por la libertad religiosa y de conciencia, que protejan a los más débiles y de los derechos humanos en su integralidad.

 

Creo, para terminar, que  no se puede decir que la Iglesia no haya actuado con la honestidad y la responsabilidad del caso al plantear públicamente su parecer como un servicio a una obra que nos compromete a todos. No hubo nada que no se conociera. Valoro el esfuerzo y los adelantos en el trabajo realizado, aunque lamento que lo presentado en aquellas “Reflexiones y aportes” no haya tenido en todos los temas propuestos una mayor recepción.  Deseo que los legisladores tengan el tiempo necesario para llevar adelante y completar una tarea que sé que no es fácil, y a la que siempre estaré espiritualmente cerca para acompañar su misión al servicio de la comunidad, con la reflexión que surge en la Iglesia desde una mirada de fe sobre el hombre, el mundo y la sociedad. Valoro el esfuerzo que se ha hecho y espero que se pueda enriquecer en el trabajo parlamentario.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz