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CATEQUESIS DE MONS. ARANCEDO DE LA JMJ RÍO 2013

 

PRIMERA Catequesis Río de Janeiro

Sed de esperanza de Dios

 

Es fácil constatar que el joven vive hoy tensiones, por momentos angustiante, entre el ideal que sueña y la realidad que no siempre lo acompaña. Podríamos hacer una lista de valores que están presentes en él, pero también existe esa otra lista de situaciones que lo empobrecen y desaniman.

La primera nos habla en términos de ideales del amor y de la vida, del bien y la belleza, de la justicia, la fraternidad y el deseo de paz, con todo lo que ello significa de proyectos personales, de deseos de compartir y de solidaridad. Podríamos definir este camino como un horizonte de búsqueda que responde a sus deseos de verdad, de realización, de trabajo y fraternidad. La otra lista, en cambio, nos presenta un mundo que privilegia el éxito inmediato y a cualquier precio, que postula una supremacía del tener sobre el ser, todo ello sobre la base de un individualismo que no conoce límites, incluso frente al descuido y abuso de la misma naturaleza. Es más, no repara, incluso, en el uso y la trata de personas, utilizando sin escrúpulos el flagelo de la droga que avanza y que cuenta, desgraciadamente, con la complicidad y el silencio de muchos. Esto nos muestra la presencia de una juventud con horizontes de plenitud en medio de un mundo mezquino y egoísta. ¡Cuántos jóvenes viven hoy en soledad aquellos ideales de una vida y de un mundo nuevo!  Creo que este encuentro de jóvenes de todo el mundo, con las mismas propuestas y los mismos deseos se convierte, desde la fe y el amor por la vida, en un momento de reflexión y de esperanza para toda la humanidad. Celebramos un acontecimiento eclesial, pero también esta Jornada Mundial es una palabra profética, dicha desde el Evangelio, para todos los jóvenes del mundo.

 

Sabemos que una lectura en clave negativa de la realidad no es la última palabra, ni tampoco que esta realidad empaña el sentido de plenitud que tienen los jóvenes. Predicamos a Jesucristo, somos testigos de su Pascua, de su triunfo sobre la muerte y el pecado. No nos sintamos clientes de un mundo que nos empobrece con su cansancio y claudicaciones, sino constructores de una nueva civilización. Nos sabemos hijos de un Dios que nos ha creado con amor a su imagen y semejanza. Aquí radica la fortaleza de la esperanza que es la virtud del que está en camino, de quien se siente peregrino y quiere ser protagonista de grandes ideales. Esta esperanza la podemos ver en esa aspiración sincera a vivir de la verdad, en el gusto por la belleza y en el compromiso con el bien. Esta riqueza, queridos jóvenes, es un signo de la dignidad y espiritualidad del hombre, que vive a la espera de un palabra y de un testimonio que le de razones para seguir creyendo. Esto se nota, también, en ese deseo de cambio y de búsqueda de una sociedad que responda a las legítimas y nobles aspiraciones de la humanidad. La presencia de ustedes, aquí en Río de Janeiro, es el mejor testimonio de una juventud que conoce y vive el presente con toda su realidad y sus límites, pero que se atreve a mirar al futuro con la alegría y la esperanza de que es posible soñar en un mundo nuevo.

 

Ahora bien, ¿dónde vamos a encontrar la fuente de esta esperanza que nos permita construir un mundo nuevo? ¡Qué triste es la imagen de un joven en busca de una palabra que de sentido a su vida, en medio de un desierto sin respuestas! Algunos han dicho, con cierto fatalismo, que es esta la condición del hombre en el mundo, ser una pregunta sin respuesta. A lo sumo podrá llegar a vivir de utopías, pero no de realidades. El hombre, en este esquema, sería como un absurdo. San Agustín hizo de esta búsqueda de sentido y de plenitud del hombre, reconociendo su grandeza y sus límites, un camino que lo llevó a encontrar esa fuente única de esperanza, y que a partir de ese momento se convirtió en el centro de su vida: "Señor, decía, me has hecho para ti y mi corazón estuvo inquieto hasta que no te encontró y descansó en ti" (Conf. 1). El hombre tiene sed de Dios. Aquí llegamos, queridos jóvenes, al núcleo de esa pregunta sobre el sentido de la vida que sólo tiene su respuesta en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Dios no se desentiende de esta pregunta del hombre, a quien lo ha creado con amor y lo ha dotado con el don precioso de su libertad. El misterio del hombre, nos decía el Concilio Vaticano II, sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado, es decir, de Jesucristo, el nuevo Adán, quien manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (cfr. G. S. 22). Cristo, al hacerse uno de nosotros, se hizo respuesta a esa búsqueda de sentido del hombre.

 

Dios siempre ha escuchado a su Pueblo, sobretodo en situaciones de dolor y angustia. Hoy nos sigue escuchando. Esta escucha de Dios a la súplica del hombre ya la conocemos desde el Antiguo Testamento (cfr. Ex. 3, 7-10), pero sabemos que esa historia alcanzó su momento culmen y definitivo en su Hijo. Esta es la certeza de nuestra fe: Dios, que es nuestro Padre, nos ama y nos ha enviado a su Hijo para que él sea nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Ya no caminamos solos. Tampoco vamos detrás de una utopía irrealizable. Nuestra alegría, nos decía el Papa Francisco: "nace de haber encontrado una persona, Jesús, que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles". Esta verdad de nuestra fe, en la presencia viva y actual de Jesucristo, es la que sostiene nuestra esperanza. Por ello, concluía el Santo Padre: "Por favor, no se dejen robar la esperanza, no se dejen robar la esperanza. Esa que nos da Jesús". Cuando se quiebra la esperanza de un joven se lo ha matado en vida.  La mayor pobreza del hombre es, por ello, perder la esperanza, porque se lo despoja de su riqueza y se lo convierte en un dócil esclavo sin horizontes. Frente a esto no cabe la pasividad del fatalismo, sino el grito y el júbilo de una esperanza que todo lo cambia y que da sentido a la vida del hombre. Estamos hablando de Jesucristo. Esta sed de esperanza que es innata en el hombre, es una auténtica sed de Dios que lo abre a la espera de un encuentro con Jesucristo.

 

Quiero terminar esta primera catequesis recordando la reflexión que nos hacía Benedicto XVI, al convocarnos a esta Jornada Mundial de la Juventud: "La célebre estatua, decía, del Cristo Redentor, que domina la hermosa ciudad de Río de Janeiro, es su símbolo elocuente. Sus brazos abiertos son el signo de la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a él, y su corazón presenta el inmenso amor que tiene por cada uno de vosotros. ¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid esta experiencia del encuentro con Cristo, junto a tantos otros jóvenes que se reunirán en Río para el próximo encuentro mundial! Dejaos amar por él y seréis los testigos que el mundo tanto necesita". Hoy comenzamos a vivir, queridos jóvenes, este llamado del Señor para llegar a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Nuestro corazón ya ha comenzado a palpitar el gozo de este encuentro. Que Nuestra Señora de Aparecida nos ayude a descubrir el mensaje de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 

 


SEGUNDA Catequesis Río de Janeiro

Ser discípulos de Cristo

 

El cristianismo no es una filosofía más entre tantas, ni una corriente de espiritualidad o un código de conducta moral, sino el encuentro con una Persona que da sentido pleno y orienta nuestra vida. Tanto el estilo de vida como la espiritualidad cristiana parten de una relación personal con Jesucristo. Pocas frases han expresado esta verdad como aquella ya clásica que hemos escuchado del Santo Padre Benedicto XVI: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Ap. 243). Lo que nos separa del mundo no es en primer lugar una moral sino una esperanza, que es nuestra fe en Jesucristo, como principio de una vida nueva. No se trata, como vemos, de aprender un código o conocer una técnica que nos enseña un camino que debemos seguir. Estamos ante una Persona que nos habla de un modo personal y que nos invita a seguirlo. Mejor aún, es él quien nos pide que le abramos nuestro corazón para caminar con nosotros. No nos marca un camino desde afuera, como alguien que nos enseña una conducta a seguir, él quiere hacer el camino de esta vida nueva con nosotros. El mismo es el camino.

 

 Ser cristianos es, por ello, ser discípulo de Jesucristo en un sentido de profunda intimidad, de comunión y de seguimiento. Ser cristiano no es un adjetivo más que califica mi vida, sino una presencia nueva que todo lo transforma. San Pablo, les predicaba la verdad de esta experiencia a los gálatas, diciéndoles: "ya no vivo yo, les decía, sino que Cristo vive en mí" (Gal. 2, 20); también, cuando les presentaba la vida cristiana los corintios no les hablaba de términos de un código, sino del desafío de asumir una vida y transformar el mundo: "Todos es de ustedes, les decía, (pienso en la vida, la familia, el amor, la política, la empresa, el trabajo, el estudio, todo, y les recodaba) pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios" (1 Cor. 3, 23), es decir, hay modo de cristiano de vivir toda la realidad de este mundo que es obra de Dios. San Juan, cuando nos presenta la oración de Jesús por sus discípulos, le dice al Padre: "No te pido que los saques del mundo" (Jn. 17, 15). Cristo, como vemos, no viene a sacarnos del mundo, ni ocupar el lugar de nadie, viene a dar sentido a nuestras vidas e iluminar el lugar de todos.

 

Ahora bien: ¿Dónde lo encontramos hoy a Jesucristo para escuchar esta invitación a seguirlo? Esta  pregunta es esencial. Él siempre toma la iniciativa para llamarnos a ser sus discípulos, como leemos en el Evangelio: "No son ustedes los que me han elegido, sino yo quien los elegí y los envió para que den fruto" (Jn. 15, 16). Por ello, les diría, que la respuesta en un sentido es fácil, es decir: tenemos que ir a buscarlo dónde él ha querido quedarse para encontrarse hoy con nosotros. El Documento de Aparecida es muy claro al hablarnos de los lugares de encuentro con él. Entre ellos, nos dice, la Palabra de Dios es el primer lugar de encuentro con Jesucristo. A esta Palabra nos la presenta en el marco de la Iglesia que él mismo ha fundado, para dejarnos en ella su presencia, a través de su Palabra y los Sacramentos. ¡La Iglesia es nuestra casa, ella es nuestra madre! El Señor sigue hablándonos hoy, de un modo personal y único a cada uno de nosotros, por su Palabra y nos invita a seguirlo. La Biblia, el Evangelio, no es un libro de historia para conocer el pasado, o lo que el Señor dijo a aquellos primeros discípulos; es una Palabra actual con la que él hoy me habla a mí y a cada uno de ustedes. Es una palabra viva, que debemos leerla con un corazón abierto, esto significa, con fe.

 

Si me permiten una expresión les diría que hoy podemos "chatear" con Jesucristo a través de su Palabra. Cuando leo el evangelio y comprendo que esa Palabra él me la dirige a mí y, cuando  le respondo, comienza un diálogo único y personal que se convierte en una oración que sana, ilumina y da sentido a nuestra vida; este diálogo, además, nos permite descubrirnos como parte de su mismo proyecto de vida. La Palabra del Señor nos introduce en esa verdad profunda que es la base de nuestra identidad, porque en ella nos habla de nuestra condición de hijos de Dios y destinatarios de ese proyecto iniciado por él. El discípulo nace y va creciendo en este encuentro con el Señor. Un discípulo es, nos decía, Benedicto XVI: "una persona que se pone a la escucha de la palabra de Jesús (cfr. Lc. 10, 39), al que reconoce como el buen Maestro que nos ha amado hasta dar la vida. Por ello, se trata de que cada uno vosotros se deje plasmar cada día por la Palabra de Dios; esta los hará amigos del Señor Jesucristo, capaces de incorporar a otros jóvenes en esta amistad con él" (Mensaje,  XVIII JMJ).

 

De un modo especial, queridos jóvenes, los sacramentos son presencia y lugares de encuentro en los que él ha querido quedarse para estar y caminar junto a  nosotros. Los sacramentos no son  algo mágico sino acciones que Cristo ha dejado en la Iglesia para encontrarse con nosotros. Son encuentros de fe. Él quiere hacer camino con nosotros pero necesita de nuestra apertura, de nuestra libertad. El Señor llama pero no obliga. Los sacramentos son signos visibles de su Vida que nos ha dejado en la Iglesia. La Eucaristía, el pan del peregrino, nos dice Aparecida: "es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo" (Ap. 251). Es el sacramento por excelencia del amor, que se hace adoración frente a Dios y caridad hacia nuestros hermanos. Es participar en la vida y en el proyecto de Jesucristo. El seguir a Jesucristo es, también, un llamado a la conversión que nace del encuentro con él y nos introduce en un camino de santidad. Aquí cobra todo su significado el sacramento de la reconciliación como un encuentro de gracia en la vida y el crecimiento del discípulo. No tengamos temor a la exigencia y a la renuncia de la que nos habla Jesús en el Evangelio, porque ella es expresión de su amor.

 

La renuncia en el evangelio no es lo primero, lo primero es encontrar el tesoro, es decir, encontrar a Jesucristo. Sólo se vende el campo después de haber encontrado el tesoro. Tengamos en cuenta, por otra parte, que un amor verdadero siempre es un amor exigente, porque busca el bien de la persona amada. Un amor que no exige cuantas veces manosea, busca complicidad, tiene algo de demagógico. Es cierto, también, que una exigencia que no parta del amor termina esclavizando. Cuántas personas se sienten exigidas y no amadas. La exigencia de Jesucristo, en cambio, parte de un amor personal por cada unos de nosotros. Él me habla de renuncia al pecado y a todo aquello que se opone a mi dignidad de hombre, me habla de tomar la cruz, de comprometerme y de ser generoso y solidario, de austeridad y de servicio. La cruz de Cristo, nos decía el Papa Francisco, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados" (Homilía del Domingo de Ramos). La renuncia, la muerte al pecado, es signo de la Pascua, por eso conduce a esa alegría y felicidad que es anticipo de la gloria.

 

El Señor que los llama a ser sus discípulos, queridos jóvenes, no les pide nada imposible. Él los invita a un camino de vida para que lleguen a ser auténticos hombres y mujeres, llamados a ser su presencia en este mundo como obra de su amor. Solo habrá un mundo nuevo, cuando haya hombres nuevos: "Para esto he venido al mundo", nos volvería a decir hoy el Señor, y para ello los necesito. Ser auténticos y generosos discípulos del Señor es el comienzo de ese mundo nuevo, que necesita nacer primero en el corazón de cada uno de ustedes. San Pablo lo expresa de una manera muy clara y comprometedora: "Cristo en ustedes es la esperanza de la gloria" (Col. 1, 27), es decir, él en ustedes se convierte en esa luz del Reino de Dios que es el principio de esa Vida Nueva que él ha traído al mundo. Al hablar de esta Vida Nueva, no podemos dejar de pensar en aquellos hermanos nuestros que nos precedieron en la fe, y que por el testimonio de sus vidas hoy en la Iglesia los reconocemos santos. Sabemos que ellos nos acompañan y nos sostienen son su oración desde su presencia junto a Dios. El santo comenzó siendo un discípulo del Señor. Que María Santísima, Nuestra Señora de Aparecida, nos enseñe a ser discípulos de su Hijo Jesucristo.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 

 

 

TERCERA Catequesis Río de Janeiro

Ser Misioneros: "¡Id!"

 

En esta última catequesis no podríamos hablar de evangelización o de misión en la vida de la Iglesia, si antes no hubiéramos hablado de ese encuentro con Cristo que nos introdujo en el camino del discípulo. No hay misión fecunda en la Iglesia que no parta de un discipulado, como tampoco hay un discipulado auténtico que no se exprese en una vida de misión. Sólo la palabra que nace en la intimidad del silencio del discípulo es una palabra fecunda. Esa profunda alegría del encuentro con Jesucristo es lo que impulsa al discípulo a salir y a compartir el gozo de esta experiencia. Este es el testimonio de san Pablo, cuando dice: "Ay de mí si no predicara el Evangelio" (1 Cor. 9, 16), que lo vive como expresión de su gozo y responsabilidad apostólica. Para descubrir el significado de la misión debemos adentrarnos en esta intimidad de Dios que es Amor. El origen de toda misión es el amor del Padre que envío a su Hijo al mundo, y él junto con su Padre nos envío al Espíritu Santo como fruto se su Pascua, para hacernos miembros vivos de su Iglesia. Hay una primacía de Dios que nos llama, que nos comunica su gracia y nos envía al mundo. Sacar a la misión de este contexto de amor y de salvación, es desconocer su origen y empobrecer su sentido: "Si, Dios amó tanto al mundo, nos dice san Juan, que envió a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna" (Jn. 3, 16). Descubrirnos en esta cadena de amor que tiene su origen en Dios y como destinatario al mundo, es comprender y vivir el sentido de la misión de Jesucristo. La evangelización es un acto de amor y de responsabilidad a la misión recibida.

 

Queridos jóvenes, ustedes están llamados a ser apóstoles de esta presencia de Jesucristo en el mundo de hoy. La Iglesia los necesita y espera, hay en ella un lugar que les pertenece y desde el cual ustedes deben partir para predicar a Jesucristo. Si no lo ocupan ese lugar va a quedar vacío. Lo debemos comenzar a asumir desde nuestra pertenencia a la Iglesia en lo concreto de nuestras vidas y relaciones y ser allí, en primer lugar, testigos de este mensaje de amor que tiene su fuente en Dios y que se hizo camino en Jesucristo. Tenemos que estar convencidos de la importancia y la centralidad de la verdad del evangelio para nosotros y para la vida del hombre. El ser misionero no es una actividad más entre otras, es una expresión madura de haber comprendido el Evangelio. Cuando le predicamos a alguien a Jesucristo no le estamos predicando algo secundario, sino lo más importante para su vida, aquello que lo que lo introduce en la verdad profunda de lo que es. ¿Qué cosa más grande y más bella podemos dar sino a Dios?, se preguntaba Benedicto XVI, y respondía: "Quien no da a Dios, da muy poco". Por ello, quien da a Dios da todo. Es fácil hablar de la misión, no siempre ser misionero. Deberíamos preguntarnos ante el Señor que me llama: ¿participo en la vida de Iglesia, en mi familia, en mi comunidad concreta con este espíritu misionero?, o me conformo con ser alguien más que cumple con algunos mandamientos y se llama cristiano.

 

Conocemos, además, la importancia y la cercanía del Señor con el dolor, con el que sufre, con el marginado. Esta opción de Jesús no puede estar ajena en la vida de un "discípulo-misionero" comprometido con su Evangelio. Por ello, nos decía el Papa Francisco, debemos salir de nosotros mismos a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. El mayor peligro de un misionero no siempre es perder la fe, sino quedar domesticado por un mundo que le hace perder la sensibilidad frente a las necesidades materiales y espirituales de sus hermanos. ¡Qué triste cuando un misionero se instala, cuando un misionero es indiferente! Tal vez viva la seguridad de una fe que lo tranquiliza, pero que no lo hace testigo vivo de lo que cree. Es como la sal que ha perdido su sabor, para qué sirve. Queridos jóvenes, hay mucho dolor físico, moral y espiritual cerca de nosotros, pensemos que son personas que viven a la espera de un buen Samaritano que detenga su camino y los acompañe. La misión es un acto de amor. La pobreza puede ser un tema ético o político, el pobre es un tema evangélico. La Iglesia evangeliza a este hombre concreto promoviéndolo, y lo promueve evangelizándolo. No hay dos caminos en la Iglesia, el de la promoción humana y el de la evangelización, hay uno solo que es el de Jesucristo. Cuando Cristo, con su palabra y su vida, deja de ser el centro y el paradigma de la vida y misión en la Iglesia, adulteramos la verdad del evangelio. Desde esta centralidad de Cristo podemos y debemos hablar de una opción preferencial por el pobre, por el que sufre, sabiendo que es una página de la cristología, como decía el Santo Padre. No lo olvidemos, Jesús tuvo sus preferidos, que ellos sean también nuestros preferidos. Una Iglesia cerca de los pobre y al servicio de ellos, no es una estrategia pastoral sino fidelidad al Evangelio.

 

Debemos vivir y sentir la urgencia de la misión como una pregunta que se dirige a nosotros, a mí personalmente. Qué triste, decíamos, cuando se pierde el entusiasmo por la misión, cuando nos instalamos y nos sentimos cómodos. Cuando hemos dejado de escuchar la voz de tantas personas que buscan la luz de la verdad, que claman por  justicia y viven a la espera de una palabra que sostenga su esperanza. San Pablo, sintiéndose angustiado y responsable por la vida de fe de sus hermanos exclamaba: "¿cómo lo invocarán sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quienes predicarán, si no se los envía?  El misionero no es un francotirador que se autoproclama, sino un enviado. Es alguien que participa de aquella misión que Jesucristo, el enviado del Padre, le ha dejado a la Iglesia y continúa viva a través de la comunión en la sucesión apostólica. Queridos jóvenes, no caminamos solos, necesitamos de la Iglesia como lugar de comunión, de identidad y de envío. Este ha sido el proyecto de Jesucristo, que hoy Pedro, Francisco, nos lo recuerda. Esta experiencia eclesial desde la cual vivimos nuestra fe tiene que ir madurando en lo concreto de mi pertenencia a un grupo parroquial, a un movimiento, institución o comunidad religiosa, que nos lleve a vivir y a dar testimonio de la creatividad misionera de la Iglesia. No olvidemos que para ser auténticos misioneros debemos estar fuertemente arraigados en Cristo y vivir en la comunión de la Iglesia. Cristo, la Iglesia y el Mundo, es el camino que Dios ha seguido y que el misionero debe vivir y recorrer. ¡Cuántas veces la debilidad misionera de la Iglesia es, ante todo, una debilidad en su vida de comunión! El Señor primero le ha pedido al Padre "que sean uno como, nosotros somos uno", para luego manifestar el sentido eclesial y misionero de esta comunión: "para que el mundo crea" (Jn. 17, 21).

 

Esta Jornada Mundial de la Juventud al realizarse en Brasil nos habla y nos recuerda que aquí, en Aparecida, la Iglesia realizó su V° Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y del Caribe, bajo el lema de ser: "Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida" (Jn. 14, 16). Que esta fuerte experiencia eclesial que estamos viviendo sea un testimonio de fe, una palabra de esperanza y un gesto de amor para toda la humanidad. Que María Santísima, Nuestra Señora de Aparecida, nos acompañe en este envío misionero que hoy la Iglesia nos hace para predicar a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz