Mons. José María Arancedo - Homilías
CORPUS CHRISTI - 2 de junio de 2018 – Catedral Metropolitana PDF Imprimir E-mail

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Queridos hermanos:

Hoy nos convoca nuestra fe y amor a Jesucristo que ha querido quedarse con nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar. Los invito a cercarnos con una mirada de discípulos a ese ámbito tan íntimo de la última Cena para escuchar lo que Jesús les dijo y les dejó a los apóstoles, y en ellos a nosotros, como testamento vivo en su presencia sacramental: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, nos dice el evangelio, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen esto es mi Cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó… y les dijo: Esta es mi sangre, la sangre de la Nueva Alianza, que se derrama por muchos” (Mc. 14, 22-24).

Así lo recibió y así lo vivió la Iglesia primitiva, como nos enseña san Pablo: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 23-24). En torno a esta presencia del Señor nació y fue creciendo la Iglesia. Así hoy, también nosotros, estamos llamados a celebrar y a trasmitir esta verdad de nuestra fe, que es el testamento de su amor. No hay Iglesia sin Eucaristía.

Escuchar estas palabras es volver a ese ámbito único de la Cena del Señor, a la que Él nos sigue convocando para estar y caminar con nosotros. La eucaristía no es nostalgia del pasado, sino la certeza y el gozo de su presencia que nos acompaña. Ella es el pan que nos alimenta y sostiene nuestra esperanza en el peregrinar hacia la Patria Celestial. En ella celebramos el triunfo de la Pascua de Cristo y anticipamos con él: “los cielos nuevos y la tierra nuevas” (Ap. 21, 1), que es el término del designio salvífico de Dios. No se trata de algo más, en la Eucaristía participamos del sí de Dios en Jesucristo al hombre, como cumplimiento, fuente y camino de su Alianza definitiva.

La celebración de la Eucaristía es, por ello, el centro de nuestra fe, con todo lo que implica de participación y de envío misionero. Este es su primer significado que no debemos olvidar, ella es ante todo, participación y misión. El Concilio Vaticano II nos lo dice claramente: “La eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana” (L.G. 11). Si queremos una Iglesia viva con comunidades orantes, servidoras y misioneras, debemos formar comunidades que tengan su centro en la celebración de la eucaristía. Cada domingo debería ser una fiesta de la fe en la vida de nuestras comunidades, ella nos identifica, nos compromete y envía. Así, la celebración de la Eucaristía es la fuente y el camino hacia la misión y orienta nuestro corazón a la adoración.

La Solemnidad del Corpus Christi tiene este año un motivo muy especial para nuestra Iglesia diocesana, nos disponemos a recibir el próximo sábado 9 de junio a nuestro nuevo pastor, Mons. Sergio Fenoy. Es un momento teológica y eclesialmente muy importante que nos habla de la sucesión apostólica en la historia de nuestra Iglesia. Vamos a recibir con gozo y esperanza a quién, por el ministerio del Santo Padre, ha sido llamado a presidir nuestra Arquidiócesis. Desde esta celebración quiero darle, junto a ustedes, nuestra cordial bienvenida y comprometer nuestra oración por él. Los invito a recibirlo y a ofrecerle nuestra disponibilidad para seguir trabajando en la obra del Señor. Digamos con la certeza, la alegría y la confianza de la fe: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

En este día en que celebramos el don de la Eucaristía como camino de vida, siento la necesidad y la responsabilidad de elevar mi palabra y oración por los momentos en que vive nuestra Patria respecto al tema de la despenalización del aborto. No podemos hablar y celebrar la vida, y proponer la muerte del que aún no ha nacido. Hago mías las palabras de Francisco, cuando nos dice: “La defensa del inocente que no ha nacido, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada” (G.E 101). Esta reflexión la hago oración junto a Jesús Eucaristía.

Que María Santísima, Nuestra Señora de Guadalupe, a quién el nuevo obispo le tiene una particular devoción, que lo ha llevado a elegir su Santuario Basílica para iniciar el ministerio episcopal en nuestra Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz, lo acompañe con su amor de Madre. Que nuestra fe, en Jesús Eucaristía, nos lleve a renovar nuestra vida cristiana y a fortalecer nuestra presencia comprometida en nuestras comunidades eclesiales. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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INVOCACIÓN RELIGIOSA
Catedral Metropolitana - 25 de Mayo de 2018

Nos convoca la celebración de un acontecimiento que hace a los inicios de nuestra Patria como nación independiente. No es una fecha más, es un momento fundante que nos compromete como argentinos. Toda celebración nos habla de una historia que es memoria agradecida de un pasado que nos identifica, y un llamado a mantener vivos sus ideales y valores. No es nostalgia del pasado sino compromiso con el presente como garantía de nuestro futuro. No hay celebración válida que no tenga en el presente, y desde la riqueza de nuestras raíces, una mirada proyectiva y esperanzada hacia el futuro. Hoy venimos a elevar juntos, pueblo y dirigentes, nuestra oración por el presente y el futuro de nuestra Patria.

Marcaría cuatro notas que mucho he valorado en mi caminar por nuestra querida provincia de Santa Fe que le dieron una cultura y caminos de prosperidad, estas notas nos hablan de sus fundamentos y fortaleza. Me refiero a la fe en Dios como principio y Padre de todos; a la Familia como ámbito de realización personal y primera escuela de vida; a la Educación como lugar de aprendizaje, trasmisión de valores y socialización; y al Trabajo como fuente de realización del hombre, de su libertad y auténtico desarrollo social. Este horizonte de valores y certezas engendró una cultura que le daba sentido a sus vidas y los hizo protagonistas del crecimiento de sus comunidades. Lejos de todo individualismo que aísla ellos tuvieron referencias sólidas en sus vidas y en su caminar solidario.

La fe en Dios, como “fuente de toda razón y justicia”, era un principio en el que nuestros mayores reconocían su condición de criaturas, no eran dioses, eran hombres con sus grandezas y sus límites, la fe les abría horizontes de universalidad hacia a todo hombre y mujer con independencia de un credo particular. Hay lugares en nuestra provincia que fueron pioneros en el diálogo ecuménico e interreligioso. Dios no sustituía al hombre sino que garantizaba su dignidad e igualdad, especialmente del más necesitado. La presencia de Dios en la constitución era para ellos, además, el reconocimiento de la dimensión espiritual y trascendente del hombre como un aspecto inherente a su condición humana y a su realización, que sostuvo su esperanza en momentos difíciles.

La Familia, en cuánto comunidad fundada sobre el amor era garantía del bien de las personas y del cuidado de la vida. Fue su primera escuela en la trasmisión de valores y conductas solidarias. Valorar y acompañar a la familia es, por ello, la mejor inversión que puede hacer una sociedad. No se trata de una institución de una época, la esencia de la familia pertenece a la misma condición humana. Junto a ella y como su necesaria prolongación debemos apostaron a la Educación en sus diversos niveles y expresiones institucionales que hacen a la formación integral de los niños y la juventud. No debemos temer a la palabra excelencia cuando se habla de educación, sobre todo en nuestros barrios más carenciados. Elevar el nivel de la educación es propio de una sociedad sabia y responsable, que valora la vocación de las personas y la importancia del conocimiento como preparación a un futuro que ya es actual. La Educación requiere, asimismo, del cuidado y la capacitación de los recursos humanos como de la justa asignación de los recursos.

Finalmente el valor del Trabajo, como un bien de realización personal y social, que es hoy una demanda que nos urge como sociedad. La mayor pobreza del hombre es la falta de un trabajo digno y justo, que lo termina debilitando en su autonomía, protagonismo y creatividad. El trabajo no vale tanto por lo que produce, sino porque es el hombre el sujeto que lo realiza y en él se realiza a sí mismo. Crear fuentes de trabajo es un desafío pendiente en nuestra sociedad, es un reclamo ético y social a la dirigencia política y económica. Desde una mirada de fe les diría que generar y dar trabajo es también un acto de amor y caridad, porque con él se eleva la dignidad del otro, que es mi hermano. Esto nos debe llevar a crear y a sostener las condiciones de una cultura del trabajo, con todo lo que implica de esfuerzo y tiempo, como de proyectos políticos y económicos que integren socialmente.

Desde Santa Fe, cuna de nuestra Constitución Nacional, elevo mi oración a Dios por la Patria, por sus dirigentes y todo el pueblo, para que sepamos encontrar caminos de encuentro y de diálogo que nos permitan trabajar por el bien común y dar respuesta a las necesidades de nuestros hermanos. Amén.

+ Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
San Juan de Ávila - Homilía Día del Exalumno del Seminario Metropolitano de Santa Fe de la Vera Cruz “Nuestra Señora de Guadalupe” PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo5610 de mayo 2018 - San Juan de Ávila
Seminario Metropolitano de Santa Fe de la Vera Cruz
“Nuestra Señora de Guadalupe”

Homilía de Mons. José María Arancedo por el Día del Exalumno

Queridos hermanos:
Celebramos el Día del Exalumno en la Fiesta de San Juan de Ávila. Considero una gracia que nuestro Seminario Metropolitano tenga la figura de San Juan de Ávila unida a nuestra Patrona, Nuestra Señora de Guadalupe. Su rico testimonio de vida como su doctrina, tiene mucho que decirnos sobre la formación sacerdotal, podemos afirmar que ha marcado la historia de su espiritualidad. La liturgia lo define como: “Maestro ejemplar por la santidad de vida y por su celo apostólico”. Santidad y celo apostólico alcanzan en él una síntesis que hoy llamaríamos “caridad pastoral” (cfr. J. Ignacio Tellechea Idígoras, Juan de Ávila, el Maestro).

No es posible hablar de santidad sacerdotal sin referencia al celo apostólico, como tampoco hablar de celo apostólico sin la santidad como inhabitación de la gracia del Espíritu Santo, que nos eleva y transforma. Esta certeza lo llevó a san Juan de Ávila a poner su mirada en la formación integral del clero que requería elevar tanto su nivel humano, como intelectual y espiritual. La vida del seminarista necesita de una riqueza humana y espiritual que le dé solidez y certeza para asumir en una opción libre y madura su vocación, para vivir su entrega como una ofrenda al Señor al servicio de la Iglesia.

Esta formación, por otra parte, debe estar sostenida por un camino de austeridad y virtud que vaya creando hábitos sólidos de vida y de conducta. No cabe presentar solo valores o ideales que entusiasman, sin crear las condiciones y los hábitos de una vida virtuosa que los sostengan. A esta etapa inicial, propia del tiempo del Seminario, la debemos continuar a lo largo de toda nuestra vida. Cada etapa presenta sus preguntas y necesita de repuestas apropiadas que nos hablan de un necesario y fraterno camino de Formación Permanente.

Otro aspecto que considero valioso en San Juan de Ávila es que pone el acento de la espiritualidad del sacerdote en su paternidad espiritual, que consiste en dar vida y hacerla crecer. Ello requiere en nuestro ministerio el saber crear ámbitos de cordialidad, de respeto y confianza, los ambientes enrarecidos hacen imposible vivir y crecer. En cambio, cuando crecemos en una sana relación de paternidad, que es fuente de realización y sentido de nuestra vida y ministerio, lo vivimos con esa alegría, bondad y paz, como fruto de nuestra paternidad espiritual, de lo contrario terminamos aislándonos y siendo ajenos, incluso, a nuestros mismos fieles. La paternidad en el sacerdote es signo de madurez afectiva y espiritual.

Que nos llamen “Padre” es una verdad que nos distingue, y lo somos, pero es también una exigencia que hace a nuestra entrega totalizante que incluye el don del celibato, llamado a ser vivido en el contexto de Cristo esposo de la Iglesia. Nuestro celibato no es soltería que nos da una aparente libertad, sino expresión de amor y de entrega que nos hace pastores. El mismo ejercicio de la autoridad es para el pastor, les decía en la Misa Crismal, una dimensión de su paternidad sacerdotal.

Una vivencia madura de la paternidad nos libera de todo encierro y auto-referencia, porque orienta nuestra mirada y realización a la vida y al crecimiento del rebaño. Todo pastor, con san Pablo, podría decir con gozo: “los he engendrado en Cristo Jesús, mediante la predicación de la Buena Noticia” (1 Cor. 4, 15). Esta verdad que hace a nuestro ministerio debe ser vivida, más allá de toda adversidad, con la certeza de una esperanza que se apoya y se sostiene en el horizonte pascual de la fe. El hoy no es un absoluto, es parte de un tiempo salvífico en el que vivimos nuestra vocación.

Pueden cambiar los tiempos y los estilos, pero la misión del pastor siempre será un sí personal y creativo al llamado del Señor. Por ello, la dimensión evangélica de nuestra paternidad espiritual no cambia, ella tiene su fuente primera en Dios Padre, su expresión cercana en Jesucristo, el Buen Pastor, así nos lo ha trasmitido la tradición apostólica, y así ha sido asumido en la historia formativa del sacerdocio en la vida de la Iglesia.

En este marco tan sacerdotal, querido Germán, te voy a instituir Lector en tu camino a ser pastor. Hoy la Iglesia, asumiendo el juicio de tus superiores va a poner, a través del rito litúrgico, la Palabra de Dios en tus manos y en tu corazón para que seas su testigo y la proclames. La Palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero necesita ser trasmitida y predicada, aquí vemos el valor de la mediación. Tu vida tendrá que ir asimilando con mayor empeño el sentido religioso, salvífico y profético de la Palabra, que tendrá que ser rumiada en tu corazón para ser dicha con la autoridad que la Iglesia te confiere. Que este ministerio, además, te vaya configurando a Cristo, el Buen Pastor.

Este año el día del exalumno presenta una nota especial en nuestro Seminario Metropolitano y para nuestra Arquidiócesis que quiero destacar, me refiero a la presencia de los seminaristas de la diócesis hermana de Rafaela. Ellos van camino a ser sus exalumnos y, Dios mediante, participarán de este día que ya les pertenece. Que Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona nuestra, nos acompañe con su amor de Madre. Amén

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Mons. José María Arancedo - Homilía Misa Guadalupe 2018 PDF Imprimir E-mail

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guadalupe 2018SOLEMNIDAD DE NTRA. SRA DE GUADALUPE
Basílica Ntra. Sra. de Guadalupe – 15 de abril de 2018

Como todos los años venimos a Guadalupe para celebrar la Fiesta de nuestra Madre y Patrona de Santa Fe. No es una Fiesta más, para nosotros, los santafesinos, es un momento de encuentro a los pies de su Santuario en el que le renovamos nuestro amor, fortalecemos nuestra fe en Jesucristo y expresamos nuestra identidad católica. No podemos separarla de su Hijo, Ella siempre está junto a Él y nos va a reclamar que lo sigamos y que seamos testigos de su Evangelio. Este Santuario Basílica, tan querido y visitado, es expresión de la fe de un pueblo que lo ha levantado como testimonio de su gratitud y amor filial. También quisiera recordarles que este año se cumplen 100 años de su creación como parroquia y 90 años de la Coronación Pontificia de la imagen de la Virgen.

Por eso hoy queremos detener nuestra mirada en Ella, venimos a agradecerle su presencia en este lugar donde la sentimos muy cerca, y a pedirle que nos siga acompañando y mostrándonos el camino de su Hijo. ¡Cuánta seguridad nos da acercarnos a Ella para hablarle con la confianza de un hijo! Llegar a Guadalupe nos hace bien, sabemos que ella nos espera y que siempre tiene algo que decirnos en la intimidad de la oración. Su palabra tiene esa suave exigencia del amor de una madre que busca el bien de sus hijos.

Ser cristiano no es encerrarnos en una intimidad que nos aísla, por el contario, nos mueve a dar testimonio de lo que creemos. Vivimos en un mundo herido por el pecado que tanto daño hace al hombre, especialmente a los más vulnerables, que presenta diversos rostros pero que tienen en común la mentira, la corrupción y la muerte. ¡Cómo no vamos a traer hoy a este Santuario el dolor de tanta gente que vive la angustia de la inseguridad, de la pobreza, del avance del narcotráfico y de la muerte en nuestros barrios! No podemos acostumbrarnos a vivir en un mundo que contradice la bondad de la obra de Dios y su dignidad, un mundo donde el hombre con su avaricia y egoísmo ha ido destruyendo la exigencia moral de los valores. En este contexto estamos llamados a vivir y a predicar el Evangelio del amor y de la vida, de la verdad y la justicia, de la reconciliación, la misericordia y la paz. El mal, queridos hermanos, no tiene, y no puede tener la última palabra.

Este año hemos sido invitados a peregrinar bajo el lema: Madre de Guadalupe, que seamos una Iglesia misionera. Le pedimos a María lo que nos pediría Jesucristo como miembros de su Iglesia: Ser una Iglesia misionera. Porque ser cristiano es ser misionero, es ser consciente de haber recibido un mensaje que estamos llamados a vivir y comunicar. Un cristiano que no se sienta llamado a trasmitir su fe, no es digno de la Iglesia que quiso Jesucristo, una “Iglesia en salida”, como nos diría Francisco. ¡Qué triste cuando el rostro de la Iglesia se va desdibujando en personas buenas, que cumplen y se sienten satisfechas, pero que han ido perdiendo la alegría del fervor misionero! Renovar este espíritu es una tarea permanente en la Iglesia que nos debe llevar a examinar nuestra vida y compromiso con el proyecto de Jesucristo. Esto le pedimos hoy en Guadalupe: Madre, queremos ser una Iglesia misionera.

Nuestro peregrinar presenta este año un motivo de especial reflexión y oración respecto al valor de la vida, es un año en el que se va a discutir la despenalización del aborto. No es un tema primariamente religioso, pero debemos asumir una postura clara, defendemos la vida de la madre y del hijo. Estamos ante una verdad humana y científica que compromete nuestra fe en un Dios, que nos ha creado como seres espirituales con un horizonte trascendente. Aceptar que desde la concepción hay vida humana exige la existencia de una ley que, para ser justa, debe protegerla. No somos dueños de lo que ya tiene identidad y autonomía, aunque esté en camino a su independencia y madurez, eso es parte de su vulnerabilidad. Nuestra libertad no tiene derecho a disponer ni a destruir la vida humana.

La vida naciente no puede quedar librada a una decisión personal, no estamos ante un acto privado sin consecuencias jurídicas y culturales. Es necesario y urgente crear las condiciones sociales como los medios de prevención, en el marco de una educación sexual integral que permita asumir, desde una libertad responsable, la decisión de respeto a la dignidad de la vida que se inicia. Junto al cuidado de esta vida por nacer, debemos acompañar y no condenar a la mujer, ella también es víctima. El aborto nunca es una solución, siempre será un drama. Con mucha claridad Francisco en su reciente Exhortación Apostólica, afirma: “La defensa del inocente que no ha nacido, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada. Igualmente, concluye, es sagrada la vida de los pobres que ya han nacido” (G.E. 101). Quiero poner en este día, aquí en Santa Fe cuna de la Constitución Nacional, y a los pies de Nuestra Madre de Guadalupe, el cuidado de la vida en nuestra amada Patria.

Queridos hermanos, solo me queda decirles que cuiden este camino providencial de la fe que han recibido con la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, es una riqueza religiosa y cultural santafesina abierta a todos nuestros hermanos. Que María los acompañe con su amor de Madre. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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