Mons. José María Arancedo - Homilías
Mons. José María Arancedo - Homilía Misa Guadalupe 2018 PDF Imprimir E-mail

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guadalupe 2018SOLEMNIDAD DE NTRA. SRA DE GUADALUPE
Basílica Ntra. Sra. de Guadalupe – 15 de abril de 2018

Como todos los años venimos a Guadalupe para celebrar la Fiesta de nuestra Madre y Patrona de Santa Fe. No es una Fiesta más, para nosotros, los santafesinos, es un momento de encuentro a los pies de su Santuario en el que le renovamos nuestro amor, fortalecemos nuestra fe en Jesucristo y expresamos nuestra identidad católica. No podemos separarla de su Hijo, Ella siempre está junto a Él y nos va a reclamar que lo sigamos y que seamos testigos de su Evangelio. Este Santuario Basílica, tan querido y visitado, es expresión de la fe de un pueblo que lo ha levantado como testimonio de su gratitud y amor filial. También quisiera recordarles que este año se cumplen 100 años de su creación como parroquia y 90 años de la Coronación Pontificia de la imagen de la Virgen.

Por eso hoy queremos detener nuestra mirada en Ella, venimos a agradecerle su presencia en este lugar donde la sentimos muy cerca, y a pedirle que nos siga acompañando y mostrándonos el camino de su Hijo. ¡Cuánta seguridad nos da acercarnos a Ella para hablarle con la confianza de un hijo! Llegar a Guadalupe nos hace bien, sabemos que ella nos espera y que siempre tiene algo que decirnos en la intimidad de la oración. Su palabra tiene esa suave exigencia del amor de una madre que busca el bien de sus hijos.

Ser cristiano no es encerrarnos en una intimidad que nos aísla, por el contario, nos mueve a dar testimonio de lo que creemos. Vivimos en un mundo herido por el pecado que tanto daño hace al hombre, especialmente a los más vulnerables, que presenta diversos rostros pero que tienen en común la mentira, la corrupción y la muerte. ¡Cómo no vamos a traer hoy a este Santuario el dolor de tanta gente que vive la angustia de la inseguridad, de la pobreza, del avance del narcotráfico y de la muerte en nuestros barrios! No podemos acostumbrarnos a vivir en un mundo que contradice la bondad de la obra de Dios y su dignidad, un mundo donde el hombre con su avaricia y egoísmo ha ido destruyendo la exigencia moral de los valores. En este contexto estamos llamados a vivir y a predicar el Evangelio del amor y de la vida, de la verdad y la justicia, de la reconciliación, la misericordia y la paz. El mal, queridos hermanos, no tiene, y no puede tener la última palabra.

Este año hemos sido invitados a peregrinar bajo el lema: Madre de Guadalupe, que seamos una Iglesia misionera. Le pedimos a María lo que nos pediría Jesucristo como miembros de su Iglesia: Ser una Iglesia misionera. Porque ser cristiano es ser misionero, es ser consciente de haber recibido un mensaje que estamos llamados a vivir y comunicar. Un cristiano que no se sienta llamado a trasmitir su fe, no es digno de la Iglesia que quiso Jesucristo, una “Iglesia en salida”, como nos diría Francisco. ¡Qué triste cuando el rostro de la Iglesia se va desdibujando en personas buenas, que cumplen y se sienten satisfechas, pero que han ido perdiendo la alegría del fervor misionero! Renovar este espíritu es una tarea permanente en la Iglesia que nos debe llevar a examinar nuestra vida y compromiso con el proyecto de Jesucristo. Esto le pedimos hoy en Guadalupe: Madre, queremos ser una Iglesia misionera.

Nuestro peregrinar presenta este año un motivo de especial reflexión y oración respecto al valor de la vida, es un año en el que se va a discutir la despenalización del aborto. No es un tema primariamente religioso, pero debemos asumir una postura clara, defendemos la vida de la madre y del hijo. Estamos ante una verdad humana y científica que compromete nuestra fe en un Dios, que nos ha creado como seres espirituales con un horizonte trascendente. Aceptar que desde la concepción hay vida humana exige la existencia de una ley que, para ser justa, debe protegerla. No somos dueños de lo que ya tiene identidad y autonomía, aunque esté en camino a su independencia y madurez, eso es parte de su vulnerabilidad. Nuestra libertad no tiene derecho a disponer ni a destruir la vida humana.

La vida naciente no puede quedar librada a una decisión personal, no estamos ante un acto privado sin consecuencias jurídicas y culturales. Es necesario y urgente crear las condiciones sociales como los medios de prevención, en el marco de una educación sexual integral que permita asumir, desde una libertad responsable, la decisión de respeto a la dignidad de la vida que se inicia. Junto al cuidado de esta vida por nacer, debemos acompañar y no condenar a la mujer, ella también es víctima. El aborto nunca es una solución, siempre será un drama. Con mucha claridad Francisco en su reciente Exhortación Apostólica, afirma: “La defensa del inocente que no ha nacido, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada. Igualmente, concluye, es sagrada la vida de los pobres que ya han nacido” (G.E. 101). Quiero poner en este día, aquí en Santa Fe cuna de la Constitución Nacional, y a los pies de Nuestra Madre de Guadalupe, el cuidado de la vida en nuestra amada Patria.

Queridos hermanos, solo me queda decirles que cuiden este camino providencial de la fe que han recibido con la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, es una riqueza religiosa y cultural santafesina abierta a todos nuestros hermanos. Que María los acompañe con su amor de Madre. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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misacrismal2018MISA CRISMAL
Catedral Metropolitana – 28 de marzo 2018

Queridos hermanos:

En este marco tan eclesial de la Misa Crismal quiero saludarlos con las palabras de san Juan, que hemos leído: “Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Aquél que es, que era y que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra. Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén (Ap. 1, 4-8). A Jesucristo, “el Testigo fiel”, que es fuente de nuestra fe, de nuestra vida y ministerio, a Él le dirijo con gozo mi mirada agradecida en esta tarde.

El Evangelio proclamado nos habla, queridos sacerdotes, de nuestra identidad más profunda. No solo somos hijos en el Hijo por el bautismo, somos ministros por el don del Espíritu que ungió a Cristo, sacerdote: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque he ha consagrado por la unción. Él me envío a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos y la vida a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc. 4, 16-21). Somos consagrados por esta misma unción, para ser ministros y testigos de la Buena Nueva. Esta es la verdad de nuestra vocación que da sentido a nuestra vida y misión.

Luego, va a concluir: “Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él”. Podemos decir que la gente tiene sus ojos puestos en nosotros; no somos estrellas, somos pastores, ellos buscan y necesitan a Jesucristo. Veo en esa mirada afecto y reconocimiento, la gente nos quiere, y lo digo con mis 50 años de sacerdote. De este don no somos dueños, somos discípulos llamados a configurarnos a Cristo, el Buen Pastor.

Vivimos este sacerdocio de Cristo encarnados en el tiempo donde participamos de su riqueza con sus grandezas y fragilidades; nuestro anclaje, sin embargo, siempre está en el misterio de la elección y en su plenitud, que se vive en la esperanza de la fe. El hoy es importante, siempre nos enriquece cuando lo vivimos desde la certeza del llamado y la conciencia del envío, de lo contrario puede distraernos del camino de nuestra misión. Diría que para vivir nuestra vocación es necesario darle al tiempo, a nuestro tiempo, su plena verdad en ese horizonte trascendente que es signo de un acto de fe que nos ayuda a ser libres, a desprendernos, a discernir el presente y ser testigos de las Bienaventuranzas.

En este camino de configuración a Cristo, como ideal de nuestra vida sacerdotal, tiene una dimensión central la caridad pastoral. Somos pastores con la responsabilidad de presidir una comunidad y ser en ella principio de comunión y animación misionera. Esto nos habla del valor de nuestra presencia y palabra, como de nuestras relaciones y cordialidad. Siempre veo al pastor como un hombre de relaciones identificado con su misión.

Hay un aspecto de la caridad pastoral que es el ejercicio de la autoridad, que tiene mucho de sabiduría, de silencio y de espera, porque es parte de ese “amoris officium”, del que nos habla san Agustín. La autoridad del pastor nace, por lo mismo, en esa intimidad fecunda con el Señor que lo dispone espiritualmente a ejercer su ministerio. No podemos dejar de presidir, de animar y de ser, en un sentido los primeros, pero no los primerísimos. Presidir es integrar, participar, delegar funciones pero no responsabilidades. El ejercicio de la autoridad es un servicio a la comunión, que es un rasgo propio de la caridad pastoral no exento de cruz. Por ello, les diría, que una cruz que no se viva junto a la cruz de Cristo y con la esperanza pascual de la fe, nos agobia, nos victimiza y nos encierra. El ejercicio de la autoridad es para el pastor una dimensión de su paternidad sacerdotal.

Deseo señalarles otros aspectos que considero valiosos y que hacen al nivel de nuestra vida y ministerio. Hablaría, en primer lugar, de la gratuidad, que es un tomar conciencia del don recibido para ponerlo con generosidad, sin especulaciones, al servicio de la comunidad: “sabiendo, como dice el apóstol, que el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos” (Col. 3, 23). Luego, de una actitud de bondad y misericordia, que nos debe alentar a tomar la iniciativa en la reconciliación, ella es un camino de gracia y de virtud que nos hace testigos del Evangelio. Además, mantener vivo, nuestro fervor misionero y el espíritu de austeridad, el pastor da su tiempo y vive la urgencia y el gozo de evangelizar.

He considerado importante en mi vida la vivencia de la comunión diocesana, ella nos enseña a caminar como parte de una comunidad más amplia con sus planes, tiempos y opciones, el pastor no se aísla en sus proyectos. Cuando escribía estas palabras me venía a mi mente, a modo de imagen ideal, la figura de María en su Magnificat, la humilde servidora consciente de su elección y del don recibido, que nos habla con gozo del sentido de gratuidad, como de la manifestación del poder y la misericordia de Dios.
Nuestra vida encuentra en el presbiterio y en la amistad sacerdotal un marco al que siempre debemos volver, recrear y cuidar, es un lugar providencial y eclesial que hace a nuestra vida y ministerio. El presbiterio no es algo más que está y que no depende de nosotros, por el contrario, es algo vivo que requiere de nuestra presencia y testimonio, tampoco está para mirarlo y emitir juicios que a veces buscan justificaciones. Su fundamento teológico es la fraternidad sacramental que por la unción nos une a Jesucristo y a nuestros hermanos. La vida del presbiterio es, por ello, un signo de comunión eclesial y responsabilidad pastoral, que da un marco a nuestras relaciones y formación permanente.

Al presbiterio lo construimos con lo pequeño, crece con actitudes simples en las que el otro es importante para mí, es más, me debo a él; es un saber valorarnos y agradecer, como alegrarnos por el bien de mi hermano y felicitarlo. Así, el presbiterio, es un ámbito de fraternidad y espiritualidad sacerdotal, donde crece nuestro servicio pastoral en la Iglesia. Doy gracias a Dios de haber podido bendecir la Casa Sacerdotal San José, ella hace y hará a nuestra vida y debe estar presente como algo que nos pertenece y acompañamos.

Queridos hermanos, tal vez sea mi última Misa Crismal como Arzobispo, por ello aprovecho esta celebración para dar gracias a Dios por el tiempo vivido entre ustedes. También a los queridos diáconos, religiosos como religiosas y laicos, a quienes mucho debo agradecer, los animo a fortalecer con su presencia la vida de una iglesia que los valora y necesita. A ustedes, el Señor los llama y los envía.

Consciente de mis límites, como de no haber respondido siempre a las necesidades y expectativas que han tenido y esperado de mí, solo me queda pedir perdón y encomendarme a la caridad y oraciones de ustedes. Pongo a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, el camino y el futuro de esta amada Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. Amén

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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Arancedo 50anios pbro1HOMILÍA 50º ANIVERSARIO ORDENACIÓN PRESBITERAL

Queridos hermanos:

Ante todo quiero agradecer la presencia de ustedes que han venido a participar de esta eucaristía y que mucho valoro. Son diversas las circunstancias, acontecimientos y personas que me han ayudado a ir tejiendo esta historia de 50 años de sacerdote. Pero considero que no es el momento de detenerme en lo particular de esta historia, aunque en cada uno de esos momentos, personas y relaciones viví lo único y trascendente de mi vida sacerdotal. Sería injusto nos hacer memoria agradecida en primer lugar a mi familia, siguiendo por mi parroquia en Temperley con sus años de vida apostólica y ámbito donde fui descubriendo mi vocación, luego vendrá el Seminario con su superiores y compañeros, finalmente las diversas tareas y destinos pastorales, concluyendo con la etapa del episcopado sea en Lomas de Zamora, Mar del Plata y hoy en la amada Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz a la que sirvo desde hace 14 años. Todo ello está presente hoy en mi corazón en esta Misa de Acción de Gracias al Señor. A ellos les debo mucho.

Con todo, me pareció más oportuno en este día dar testimonio de algunas certezas teológicas y espirituales que hoy reconozco en mi vida sacerdotal. Como les decía el otro día a los seminaristas, si volviera a tener que definir mi vida, volvería a ser sacerdote. No me entiendo fuera de este camino que es y fue la conciencia viva de mi vocación que, con el tiempo y a pesar de las dificultades y fracasos, se fue acrecentando. Esta conciencia de mi pequeñez real, y no retórica de mis límites, siempre me ha llevado a comprender la verdad de la experiencia del apóstol cuando afirma: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7). Lo importante, lo que ha dado sentido a mi vida, es haber tomado conciencia de que la verdad de mi sacerdocio era haber encontrado ese tesoro que fue el que me dio la luz, la fuerza y la gracia para dejar otras cosas posibles y buenas, pero también para agradecerlo y cuidarlo como un don recibido. La renuncia no es lo primero, es el tesoro el que da sentido a la renuncia que ello implica. También, y como gracia y envío de la vocación, saber que ese tesoro no era solo para mí, sino para los demás, del cual yo no era dueño sino sólo ministro y pastor.

Creo, además, que me ha acompañado una conciencia de la dimensión escatológica de la fe, de la trascendencia, de la vida eterna que nos da, junto al compromiso con la historia que nos toca vivir, esa sana distancia frente a las cosas y al espacio concreto de este mundo grandioso pero pasajero. Para el tiempo de la fe lo importante siempre está por venir, y es objeto de una esperanza que sostiene, preserva y da sentido a lo contingente de esta vida. En esta línea me hizo mucho bien la lectura reciente, de la Carta Encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi, salvados en la esperanza. Cuando el misterio de la fe en su totalidad dinámica deja de iluminar nuestra vocación todo se hace más difícil y la esperanza como la alegría van perdiendo su sustento. No podría explicarme como sacerdote, si no es desde la fe que siempre será: “la garantía de los bienes que se esperan, y la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb. 11, 1).

En este marco de fe la imagen de Dios como Padre providente, que no se desentiende de sus hijos, también la considero como una idea fuerza en mi vida sacerdotal. Él ha sido el que me ha elegido y no me ha abandonado. Al llegar a este punto no pude dejar de recordar algo que ya les he comentado en algunas oportunidades, pero que volvieron a mi memoria al escribir estas reflexiones. Tiene como autor al Cardenal Pironio cuando él cumplió sus 50 años de sacerdote y yo era obispo de Mar del Plata. Lo invité a celebrarlos en la que había sido su diócesis. Traté al principio de la Misa de homenajearlo destacando su figura, virtudes y fidelidad sacerdotal. Luego, cuando él me responde, me dice y le dice a la comunidad: “no he venido a celebrar mi fidelidad sino la fidelidad de Dios, él ha sido fiel conmigo”. Conociéndolo, sus palabras y testimonio ahondaron en mí la imagen de un Dios que es Padre, Creador y Providente que siempre está presente; como así también, el sentido del don y la gratuidad que hacen a la esencia de la fe cristiana.

En este breve recorrido de mis certezas espirituales que han dado sentido a mi vida sacerdotal, ocupa un lugar central la figura de Jesucristo. No solo como: “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2), sino, y principalmente, como el Buen Pastor, imagen del Padre, que desde mi ingreso al Seminario fue modelando idealmente mi vida sacerdotal. Diría que en esta imagen he encontrado un camino que dio gozo y plenitud a mi sacerdocio. Soy consciente de que, como todo ideal, nunca es plenamente logrado y más en este caso, pero sí que era algo real, no una utopía, tenía raíces en la persona y en la Pascua de Cristo que me daban certeza, serenidad y paz, y lo vivía como signo de la presencia del Espíritu.

Arancedo 50anios pbro2

Tal vez, como hijo de la época del Concilio Vaticano II, la figura del beato Pablo VI fue una referencia eclesial en el modo de vivir esos tiempos. Hombre profundamente de Iglesia y de diálogo con el mundo. De él siempre he recordado, porque me hizo mucho bien, las palabras que le dirigió a los Padres del Concilio en la apertura de la segunda sesión, y que me permito recordarlas en este día: “Cristo, nuestro principio, nuestra vida y nuestro guía. Cristo nuestra esperanza y nuestro término… Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente fuera de las palabras del Señor, Único Maestro. Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquella que, mediante su palabra, conforta nuestra debilidad”. La centralidad de Cristo, el Buen Pastor ha sido, por el don de su Espíritu y en la vida de la Iglesia, una de las certezas en mi camino y vida sacerdotal.

Finalmente otra vivencia que ha guiado y ha dado sostén a mi vida sacerdotal es la Iglesia. Vuelvo a decir con la simpleza de la fe recibida en el bautismo, creo en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. No es un agregado a la fe en Jesucristo sino su esposa y camino sacramental en la historia. Ella fue mi casa, es parte de mi fe con su rostro humano y divino, no siempre luminoso, así la he conocido y así la he amado. Aunque por momentos me ha costado, no me he sentido capaz de criticarla, era parte de mi vida, ni de apartarme de su comunión jerárquica, no tendría otro lugar donde vivir. Esto lo considero una gracia que tiene su fuente en el amor misericordioso de Dios. Ella me dio libertad en el marco de la obediencia. No sería un hijo agradecido, al celebrar este aniversario, si no doy testimonio de lo que ella ha sido como madre y espacio de mi realización humana y espiritual. Ella me enseñó, diría, a no ser demandante, a salir de mi pequeño mundo para ver más lejos con su mirada y con su palabra de envío misionero, que me abrieron a un horizonte liberador que camina con el gozo de la esperanza hacia la Patria Celestial.

También, y como un eco de la oración de Jesús al Padre por la unidad, que la tomé como lema episcopal: “ut omnes unum sint” (Jn. 17, 21), ella me enseñó a ver el significado de la comunión como un signo de la presencia del Espíritu. Sin negar la diversidad que la enriquece, la vida de comunión en la Iglesia creo haberla vivido como camino y anticipo del Reino. Es una comunión aún no plena en el tiempo, la vamos construyendo, es tarea que nos compromete y define como Iglesia. Al mismo tiempo, esta misma comunión es fuente y ámbito del mandato misionero del Señor. No es posible separar comunión y misión. La comunión es para la misión y la misión se nutre de la comunión. ¡Cuántas veces la debilidad misionera en la Iglesia es una debilidad en su vida comunión!

En este sentido, y en un mundo tan necesitado de una Iglesia viva, consciente de su origen divino y enviada a la misión, considero providencial el llamado que nos hace Francisco a ser una Iglesia que, viviendo la comunión, esté siempre en salida: “La Iglesia en salida, nos dice, es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan” (E.G. 24). Comprender y asumir este mensaje es principio de conversión personal, de renovación eclesial y exigencia de una fe auténtica que se apoya en Jesucristo.

Queridos amigos, nuevamente gracias por su presencia como, la de aquellos que no han podido venir y me han hecho llegar sus oraciones en este día. He deseado testimoniar algunas razones o ideas que me acompañaron en estos 50 años de mi vida sacerdotal. Pongo a los pies de Nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, mi sacerdocio y los encomiendo a ustedes para que vivan la alegría y la esperanza de la fe que hemos conocido en Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO - Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
CORPUS CHRISTI - Homilía - Catedral Metropolitana - 17 de junio de 2017 PDF Imprimir E-mail

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corpus2017 03

Homilía - Catedral Metropolitana - 17 de junio de 2017

Queridos hermanos:
Nos hemos reunido para celebrar con gozo y gratitud en este día la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Nuestra presencia es una respuesta, es un sí de fe y de amor a quién ha venido para darnos su vida, para quedarse con nosotros y caminar juntos. ¡Cuántos signos de fe y de conversión vemos en nuestra gente, especialmente en los jóvenes, frente a la presencia de Jesús en la Eucaristía! Así quiso quedarse, así lo reconocemos y adoramos. Él es nuestra riqueza y nuestra identidad Católica. Parecería que a esta realidad tan honda, tan permanente y cercana la vamos descubriendo de una manera nueva. Me atrevería a decir que el despertar de la devoción eucarística se nos presenta hoy como un signo de nuestro tiempo. En ella, la dimensión religiosa del hombre encuentra una verdad que buscaba.

Este año queremos decirle: Jesús, alimenta nuestra esperanza. En este lema, al tiempo que expresamos nuestra fe en su presencia, reconocemos nuestra condición de criaturas con su dignidad y grandeza, pero también con su fragilidad y necesidad de ser acompañada. Vivir con fe esta realidad de nuestro caminar es un signo de sabiduría, es un don del Espíritu, que nos introduce en la verdad profunda de lo que somos. Es volver a decirle con los primeros discípulos en el camino de Emaús: “Señor, quédate con nosotros”, (Lc. 24, 29), te necesitamos. Con ello reconocemos nuestra condición de peregrinos, pero lo hacemos con la certeza de seguir un camino que Él ya ha abierto con su Pascua y lo sigue haciendo junto a nosotros. Él nos precede, no caminamos solos. Esta es nuestra alegría y nuestra confianza que hoy nos ha congregado como Iglesia.

corpus2017 01La adoración eucarística nos debe llevar a una participación más plena en la celebración de la Santa Misa. Esta verdad san Pablo nos la presenta a modo de una pregunta, cuando nos dice: Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? (1 Cor. 10, 16); nos habla de ella como alimento, por ser “fuente y cumbre” de la vida cristiana (L.G. 11). Ella es el “pan del peregrino”. Una espiritualidad eucarística debe motivar, por ello, el deseo a una participación más plena y comprometida con el Cuerpo de Cristo. No estamos ante un objeto religioso a contemplar, sino ante la presencia viva de Cristo que nos llama y nos quiere hacer partícipes de su Vida, para hacernos testigos y piedras vivas de su Iglesia. Hay una decisión que él espera de nosotros, esta decisión es una gracia que debemos pedir, pero es nuestra, depende de nuestra libertad: “Yo estoy junto a la puerta y llamo, hoy nos sigue diciendo, si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). ¡Señor, dame la gracia de comprender el significado y lugar de tu presencia, que me permita escuchar y hacer realidad este llamado en la participación de la Misa dominical en nuestras comunidades! Sé que ahí estás y ahí me esperas, Señor.

La fe cristiana tiene, además, un horizonte universal que no es proselitismo, sino testimonio de una presencia que, respetando nuestra libertad, nos presenta un camino que nos mueve a seguirlo por atracción de su verdad, bondad y belleza. Esto aleja a la fe de todo fanatismo que comprometa la libertad del hombre. Al hablarnos de la Eucaristía Jesús nos muestra esta universalidad, diciéndonos: “y el pan que yo les daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn. 6, 51), es decir, nos es solo para mí, es para la Vida del mundo. Ello nos debe llevar a preguntarnos si mi participación en la eucaristía tiene este alcance que Jesús le da a su presencia como enviado del Padre para todos, o queda solo como una buena práctica religiosa personal, pero sin la apertura a ese horizonte del que nos habla Jesús. Participar en la Santa Misa, celebrar la Eucaristía, es asumir, por ello, un compromiso con el proyecto de Jesucristo que nos define como “discípulos y misioneros” de su presencia en el mundo.

Queridos hermanos, deseo concluir estas palabras recordando la oración que elevamos como Iglesia en Argentina al celebrar el Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán: Jesucristo, Señor de la historia te necesitamos. Tú eres el Pan de Vida para nuestro pueblo peregrino. Conscientes de tu presencia real en el Santísimo Sacramento te alabamos y adoramos, te celebramos y proclamamos, te recibimos y compartimos. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, nos acompañe y oriente nuestra mirada a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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