Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
23 de diciembre de 2017 - Navidad, fiesta de la alegría y la paz PDF Imprimir E-mail

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NAVIDAD, FIESTA DE LA ALEGRÍA Y LA PAZ

En Navidad celebramos la Fiesta de la alegría y la paz de la fe cristiana que tienen su fuente y camino en Jesucristo. A esta verdad la reconocemos en aquellas palabras y en aquellos testigos que vivieron este acontecimiento y nos las trasmitieron: “les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él!” (Lc. 2, 10-14). Navidad es el sí de Dios al hombre que ha creado con amor y no lo abandona, le ha enviado a su Hijo para que él sea su: “camino, verdad y vida”. Esta presencia de Jesucristo es el motivo de nuestra alegría y paz, porque hoy nos sentimos amados por Dios y sabemos que no caminamos solos.

Navidad no es solo el recuerdo de un hecho histórico, sino la certeza de una presencia que continua siendo para nosotros y el mundo principio de una vida nueva. Es cierto, esta verdad es un don que se nos ofrece, no se impone, actúa respetando nuestra libertad. San Juan en el evangelio de este domingo, identificando a Jesús con la Palabra, nos dice: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1, 11-12). La vida cristiana es el misterio del amor de Dios y de nuestra libertad que lo acepta. La fe no crea a Dios, lo reconoce y se abre a él. Hay una imagen muy ilustrativa en la Biblia que reflexionábamos al comienzo del Adviento: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20).

¡Qué bueno pensar que en esta Navidad escuchamos la voz del Señor y le abrimos las puertas de nuestro corazón y de nuestro hogar! Este es el comienzo de esa alegría y de esa paz que tanto necesitamos: Dios con nosotros. Pero también es el comienzo de una tarea, de una misión, que nos debe llevar a ser testigos de su presencia, a trasmitir lo que hemos visto y recibido a nuestros hermanos. Cuando Jesucristo nace en el corazón de un joven, de un hombre, de una mujer, comienza una cadena de amor y de vida nueva que todo lo cambia y todo lo transforma.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
16 de diciembre de 2017 - La alegría del cristiano PDF Imprimir E-mail

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LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO

El 3° domingo de Adviento nos habla de la alegría del cristiano: “Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de ustedes, en Cristo Jesús” (1 Tes. 5, 16-18). Estas palabras nacen de la experiencia de san Pablo en su encuentro con Jesucristo, y se las comunica a los cristianos de Tesalónica. Hoy, Francisco, nos trasmite esta misma experiencia de la alegría de la fe cuando nos dice: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG. 1). Puede haber dolor en un cristiano, pero no tristeza.

La fuente de la alegría cristiana es Jesucristo, pero nos puede pasar que, a pesar de nuestra fe, él no sea una presencia viva que ilumine y de sentido a nuestras vidas. Cuando esto sucede podemos vivir en “esa gris monotonía” en la que todo parece correcto, sin embargo nos falta la alegría y el entusiasmo de la fe. Tal vez nos haga bien, y necesitemos escuchar, esa frase que el Bautista les dice a los enviados de los Fariseos en el evangelio: “en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen”, refiriéndose a Jesucristo (Jn. 1, 26). A Cristo siempre lo debemos seguir encontrando, sea en su Palabra como en la oración, en los Sacramentos y en esa presencia en sus hermanos, especialmente los más necesitados, como en la vida de la comunidad eclesial cuando se reúne el domingo a celebrar la fe. Si no renovamos el encuentro con él, tal vez mantengamos nuestra fe, pero no llegamos a conocerlo plenamente y a vivir la alegría de la fe.

En este camino de Adviento es útil renovar nuestro encuentro con el Señor. Él llega a nosotros y no siempre nos encuentra. Nuestra vida espiritual se puede ir secando en la misma fe y en las obras que realizamos con cierta rutina, vamos perdiendo el entusiasmo que teníamos. Nos puede hacer bien recordar aquel reproche que leemos en el Apocalipsis dirigido a la Iglesia de Éfeso: “Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia…. Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo” (Ap. 2, 2-4). Necesitamos renovar el encuentro con Jesucristo para mantener viva la alegría de la fe.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
09 de diciembre de 2017 - Preparar el camino del Señor PDF Imprimir E-mail

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PREPARAR EL CAMINO DEL SEÑOR

En Navidad celebramos la llegada del Señor que fue preparada a lo largo del Antiguo Testamento y anunciada como inminente por san Juan Bautista, como lo había expresado el profeta Isaías: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepárate el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mc. 1, 1-3). Si bien el centro de Navidad es la figura del Mesías que está por llegar, la presencia del Bautista cobra un relieve particular en esta etapa de la historia de la Salvación. De él, el mismo Jesús nos dice: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan Bautista” (Mt. 11, 11). A él le ha tocado señalar el momento de su llegada.

Hay una espiritualidad que surge de la persona y la misión del Bautista que es propia de la fe cristiana. Preparar el camino del Señor significa disponer nuestro corazón a un encuentro, es estar dispuestos a recibirlo. A esto se opone esa actitud de suficiencia de quien no necesita de nada, que cree tenerlo todo y se va cerrando a toda posibilidad de lo nuevo y que exija un cambio. Preparar el camino del Señor necesita, por ello, de una actitud de humildad, que busca la verdad, el bien y el amor. Esta es la primera tarea que en el Adviento debemos asumir, preparar nuestro corazón para recibirlo al Señor. Aquí es útil hacer un sincero examen de conciencia que nos permita ver y descubrir nuestras durezas, egoísmos, rencores que nos van encerrando y justificando, ello nos impide esa apertura necesaria para el encuentro.

Tenemos, además, una responsabilidad de preparar el camino al Señor para nuestros hermanos. Él llega a todos, pero diría que necesita de nuestra presencia, palabra y testimonio para allanarle el camino. ¡Qué triste cuando un cristiano es un obstáculo para el encuentro con el Señor! Adviento es un tiempo muy rico para vivir la fe con espíritu misionero. Cada uno de nosotros tiene un espacio familiar, social y de relaciones que son el campo propicio para disponer el camino de ese encuentro con el Señor. No tenemos que pensar en grandes misiones, sí, como el Bautista, sabernos enviados para preparar y anunciar la llegada del Señor. No lleguemos solos a Navidad, tengamos un gesto, una palabra que allane el camino y despierte en ellos la inquietud por lo que vamos a celebrar.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
02 de diciembre de 2017 - Adviento: un llamado a la vigilancia PDF Imprimir E-mail

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ADVIENTO: UN LLAMADO A LA VIGILANCIA

Comenzamos este domingo el tiempo de Adviento en preparación a la Navidad. La liturgia se mueve entre la llegada de Jesús en la historia, en Belén, y su segunda venida al final de los tiempos. De su primera venida conocemos la fecha, hay testigos de su presencia, de su segunda venida, en cambio, no sabemos el día ni la hora. Esto no significa una ausencia de Jesús durante este tiempo, desde su Pascua él está presente de un modo nuevo, su presencia siempre es actual. No caminamos solos hacia “ese día”, él permanece y nos acompaña. Esta es la certeza de la fe, la fuerza y la raíz de la esperanza cristiana.

El evangelio de san Marcos nos habla de estar prevenidos durante este tiempo y lo hace en términos de vigilancia: “porque no saben cuándo llegará ..... No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos” (Mc. 13. 33-37). Lo seguro es que el Señor llega, no importa cuando, esto aleja todo temor apocalíptico sobre el fin del mundo, o un pensar que falta mucho. Podemos decir que hay diversas maneras de su venida hoy a nosotros, sea a través de su Palabra, de la Iglesia o los Sacramentos, como de esa otra presencia tan comprometida a través de nuestros hermanos más necesitados, de los pobres, con quienes él se ha identificado. También llegará en ese fin de nuestro caminar en el mundo y que tiene en la muerte su momento decisivo. El Señor llega, estad prevenidos.

El Evangelio presenta este llamado en términos de vigilancia. El estar vigilantes nos habla de una actitud atenta que sabe ver y descubrir su presencia. Lo que se opone al estar atentos es la indiferencia, el no dar valor a lo que me rodea o llega a mí. Para el que está atento toda la realidad adquiere el significado de un signo revelador de su presencia. Se opone al estar vigilantes el individualismo y el egoísmo que nos encierran en una burbuja que nos aísla y corta todo posibilidad de apertura al otro, en última instancia a Dios. Solo escucha el que está atento espiritualmente. Siempre recuerdo aquella palabra de la Biblia en la que el Señor nos dice: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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