Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
03 de marzo de 2018 - La iglesia casa y escuela de oración PDF Imprimir E-mail

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LA IGLESIA CASA Y ESCUELA DE ORACIÓN

Una situación que molestó a Jesús es al ingresar al Templo y ver mercaderes que lo habían convertido en un lugar de comercio y los echa: “Saquen esto de aquí, les dice, y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Jn. 2, 16). Jesucristo nos habla con palabras y gestos. No niega el comercio, lo que critica es utilizar el Templo, lugar de encuentro con Dios y de oración, para una finalidad que no es propia. Los discípulos recordaron en ese momento un salmo referido a él: “El celo por tu Casa me consumirá” (Sal. 69, 10). Esta actitud de Jesús es el fundamento que da sentido al respeto y decoro en las cosas de Dios. No se trata de separar y oponer, sino de distinguir y valorar que es signo de fe y sabiduría.

El evangelio de este domingo nos ayuda a reflexionar sobre el sentido que tiene la Iglesia, como casa y escuela de oración. Cuando se pierde de vista esta dimensión religiosa el que se empobrece es el mismo hombre, que pierde un lugar de encuentro y un horizonte que hace a su plena realización espiritual y trascendente. Hay una orfandad en el hombre que es la ausencia de una sana y correcta relación con Dios. Recuerdo cuando se decía: ¡qué triste una ciudad donde solo se elevan chimeneas y no torres y campanarios de Iglesias! Con ello se quería expresar, tal vez con cierta nostalgia, la importancia de signos que eleven su mirada a Dios para ser más humanos en las cosas del mundo. Dios no aleja al hombre del mundo sino que lo enriquece moral y espiritualmente para ser más pleno.

También la Iglesia está llamada a ser una escuela de oración, necesitamos aprender a rezar. La oración es el mejor aprendizaje para el encuentro con Dios. La oración, además, nos introduce en la verdad profunda de lo que somos, en ella, cuando nos dirigimos a Dios, nos descubrimos como criaturas, no somos dioses, pero tampoco alguien sin sentido en este mundo. En la oración adquirimos conciencia de nuestra realidad contingente pero, sobre todo, de nuestra dignidad, libertad y vocación trascendente. Una familia que reza ante sus hijos les da el primer testimonio de la existencia de Dios, y de su verdad como criaturas, esto hace a su verdad. Esto lo vemos muy claro en la catequesis familiar cuando los padres actúan como los primeros catequistas de sus hijos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
24 de febrero de 2018 - Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo PDF Imprimir E-mail

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ESTE ES MI HIJO MUY QUERIDO, ESCÚCHENLO

La Cuaresma como camino de conversión debe tener un ideal, un proyecto en torno al cual orientar nuestra vida. No es posible cambiar, convertirse, si no tenemos un hacia donde nos dirigimos. Aquí adquiere su importancia el Evangelio de este domingo en el que escuchamos la presentación de Jesús por parte de Dios, su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (Mc. 9, 7). El primer lugar de conversión es el encuentro con Jesucristo que nos habla personalmente. Su Palabra no es una doctrina sin destinatario. Siempre debemos volver a ese comienzo de la fe que es la escucha de la Palabra de Dios, en cuanto dicha por el mismo Dios a través de su Hijo. Esta certeza era, para los primeros cristianos, la consecuencia de ese: “escúchenlo”, así nos lo dice la carta a los Hebreos: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús” (Heb. 12, 2).

Lo primero en la fe es escuchar al Señor. Dios no es solo un primer principio, ni fruto de nuestra creación, ni una energía sin contenido: es un Dios que habla, su Palabra tiene un destinatario y espera una respuesta. Dios no se desentiende del hombre que ha credo y lo ama. San Pablo nos recuerda esta necesidad de la escucha cuando les dice a los romanos: “La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rom. 10, 17). Esto significa que el hombre participa de la fe, con su apertura, libertad y confianza. La fe cristiana, como vemos, se trasmite por el testimonio, en última instancia por el testimonio de Jesucristo, que es el “testigo fiel” (Ap. 1, 5). Por la fe, nos integramos a esa cadena de testigos que la reciben y trasmiten. En ello vemos la importancia de la predicación y del testimonio para trasmitir la fe. Aquí, debemos valorar la presencia de la familia y de la comunidad en la trasmisión de la fe.

La escucha de la Palabra de Dios supone una actitud de humildad y confianza, de libertad y búsqueda que dispone nuestra inteligencia y corazón. En una mente y un corazón cerrados no es posible una actitud de escucha. Siempre vuelvo a la figura de Samuel del Antiguo Testamento cuando decía: "Habla, Señor, porque tu servidor escucha” (1 Sam. 3, 10). Esta actitud es el testimonio siempre actual de quien la recibe con un corazón abierto.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
17 de febrero de 2018 - El tiempo se ha cumplido: conviertanse PDF Imprimir E-mail

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EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO: CONVIÉRTANSE

El 1° domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús al comienzo de su predicación, sus palabras son claras y marcan un camino: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc. 1, 15). La referencia al tiempo es algo propio de nuestra fe, es en el tiempo concreto de la historia donde se nos revela Jesucristo, donde se juega y define nuestra vida. Al decirnos el “tiempo se ha cumplido” nos está diciendo que ha habido un antes, una espera, que hoy se hace presente en su persona. Esta verdad sobre el estilo del obrar de Dios, la misma Biblia lo afirma: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios no habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 1). Hay un obrar de Dios en la historia, hay un camino y una esperanza.

Lo primero que podemos ver es que la fe no nos aleja de la historia, sino que ella es el lugar donde Dios se nos ha manifestado y nos habla. Podemos decir que hay un libro de la creación en la que Dios nos habla por medio de la naturaleza pero, sobre todo, un libro de su Palabra en la que él nos habla personalmente como a hombres libres, llamados a escucharlo y a decidirnos frente a él. Nada más ajeno a la fe, que se apoya en Jesucristo que nos habló, que una vida no abierta a la escucha de su Palabra y a dar una respuesta. Dios no crea robots sino hombres y mujeres libres abiertos a la búsqueda de la verdad y con la responsabilidad de su libertad. Debo decir que el evangelio me ayudó a ser libre y a encontrar una meta, que es un camino que lo vivo en la esperanza de la fe, no digo que lo he alcanzado, como Pablo, pero me siento caminando con la certeza del peregrino. El cristiano es un buscador de Dios. La certeza de la fe, no nos exime de un peregrinaje con sus luces y sombras.

En el inicio de este camino el Señor nos habla de conversión: “conviértanse y crean en el Evangelio”. La conversión es una actitud en la que participa nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros sentimientos. No se trata de algo parcial sino de un cambio que implica una nueva actitud para afrontar desde el Evangelio todas nuestras situaciones de vida. Cuando Jesucristo comienza a ser el centro de una vida todo comienza a tener una nueva dimensión y exigencia. Él no viene a ocupar el lugar de nadie, sí a iluminar el lugar de todos. Por ello, cuando alguien dice que se ha encontrado con Jesucristo y se aleja de sus seres queridos, familias, amistades, trabajo, hay que desconfiar si el encuentro es auténtico.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
30 de diciembre de 2017 - Jornada Mundial de la Paz PDF Imprimir E-mail

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JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

Como todos los años, el primero de Enero, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, celebramos la Jornada Mundial de la Paz. Este año en su Mensaje el Santo Padre nos habla de los: Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz. La paz es un valor al que debemos aspirar y sentirnos responsables de su construcción y cuidado, hablamos del anhelo de muchos hermanos que hoy caminan en busca de un lugar en el mundo que les asegure el derecho a vivir en paz. Este año Francisco ha querido asumir esta voz y nos la propone como reflexión al comienzo de un año nuevo. Son muchas las causas de este camino de dolor de los migrantes pero, sobre todo, de los refugiados. Esta realidad se presenta como un desafío humanitario sea a los gobiernos como a la sociedad.

El Santo Padre desde una mirada contemplativa de fe, tomando palabras de Benedicto XVI, nos dice: “tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir” (3). Esto no es automático, requiere de reflexión y grandeza. Por ello busca: “guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que permita el verdadero bien de la comunidad, es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos” (3).

Nos propone cuatro actitudes orientadas a la acción: “acoger, proteger, promover e integrar” para encontrar una solución a los problemas que, en algunos casos, adquieren el rostro de una gravedad de la que no podemos quedar indiferentes. Si bien hay una tarea principal que cabe a los Estados y en sus Pactos Internacionales, que reclama, sin embargo, hay una fuerza de los ciudadanos que adquiere un valor importante en estos momentos. Va a concluir con las sabias palabras de san Juan Pablo II: “Si son muchos los que comparten el sueño de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en casa común” (5).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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