07 de abril de 2018 - Domingo de la Misericordia PDF Imprimir E-mail

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DOMINGO DE LA MISERICORDIA

En este segundo domingo de Pascua la Iglesia nos invita a celebrar la Fiesta de la Misericordia. En ella contemplamos el amor de Dios, que hemos conocido en Jesucristo, y en el que se nos manifiesta su misericordia, que es un amor que se abaja, que nos ama en nuestra pequeñez, aún en el pecado, para acompañarnos y sanarnos. No es un amor que nos mira con lástima y nos deja en nuestra miseria, todo lo contrario, él ve en nosotros al hijo que ama y lo ayuda a recuperar su condición y dignidad de hijo de Dios. Es la alegría del Padre del hijo pródigo, al que espera y lo abraza. No mira primero el pecado, ni la distancia que lo apartó, sino su regreso. La misericordia es la Fiesta del amor de Dios.

Una característica de este amor es que es creativo, siempre nuevo y permanente, porque tiene su fuente en Dios: “que no abandona la obra de sus manos” (Sal 138). No es un amor que se mueve hacia aquello que lo atrae, sino que hace atractivo lo que ama. El amor verdadero es creador, pone en el otro una riqueza que lo hace crecer. Esta experiencia la podemos ver, incluso, en nuestras relaciones, cuánta gente vive la angustia de no sentirse amada, o amadas por un amor absorbente y posesivo que las utiliza y les quita libertad. ¡Qué triste cuando una maestra nos dice: este chico es carenciado porque no ha sido amado! El auténtico amor nos enriquece, va creando en nosotros la conciencia de una autoestima que nos hace libres. Doy gracias a Dios de haber sido amado por mis padres.

En el evangelio de este domingo Jesús se presenta a sus discípulos para confirmarlos en la fe en su resurrección que inaugura el tiempo nuevo y definitivo de la Alianza de Dios con el hombre: Jesucristo vive junto a Dios y permanece con nosotros. Nuestra fe se apoya en esta certeza, que es el fundamento que sostiene nuestra esperanza, no caminamos solos. San Juan relata este encuentro con el Señor, en estos términos: “¡La paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn. 20, 20). Les muestra las señales de su amor y entrega por nosotros. Al mismo tiempo, los envía para dar testimonio de este acontecimiento al mundo: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn. 20, 21).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz