Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
26 de mayo de 2018 - Santísima Trinidad PDF Imprimir E-mail

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SANTÍSIMA TRINIDAD

Celebramos este domingo la Solemnidad de la Santísima Trinidad, uno de los misterios centrales de nuestra fe, al que solo llegamos por la revelación que nos hizo Jesucristo. Él nos habla de su Padre que lo envió y del Espíritu Santo que ellos, después de su Ascensión, nos enviarán. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Podemos llegar a conocer la existencia de un Dios creador y principio de todo, a eso llega la filosofía, pero no a conocerlo en su intimidad si él no se nos revela. El misterio de la vida de Dios lejos de ser algo oscuro adquiere, por el testimonio de Jesucristo, la luminosidad de una verdad que da sentido y horizonte a nuestra vida. Así él nos lo manifiesta: “Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna” (Jn. 12. 49-50). La primera actitud de la fe es, por ello, de gratitud y alabanza, porque Dios se nos ha revelado como fuente, camino y término de nuestra vida.

Esta conciencia de la fe trinitaria es principio e imagen de la Iglesia. No tenemos que buscar modelos para hablar o definir a la Iglesia, solo contemplar la vida de Dios como nos la ha revelado Jesucristo en sus palabras, principalmente en su oración: “Padre, que ellos sean uno como nosotros somos uno” (Jn. 17, 21). La Iglesia está llamada a ser la expresión visible en el mundo de esta vida de comunión en Dios. Esta es, precisamente, la obra del Espíritu Santo como alma de la Iglesia. Cuando perdemos de vista esta realidad teológica corremos el peligro de hacer una Iglesia a nuestra medida, que termina siendo una expresión débil o una suerte de ideología política, que no es la Iglesia de Jesucristo, por ello no despierta ni trasmite la fe. En cambio, cuando su fuente es la vida de comunión en Dios, ella nos muestra un camino nuevo de vida. Así concluye la oración de Jesús: “que sean uno para que el mundo crea”. La vida de comunión, que es expresión de nuestra fe en el Dios Uno y Trino, se convierte en principio y signo de una Iglesia misionera.

Un modo de actualizar esta conciencia es valorar el significado que tiene el persignarnos, es decir, hacerlo de un modo más reflexivo y religioso. Nos signamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en él hemos sido bautizados y en él estamos llamados a vivir nuestra fe. Cuántas veces es un acto rápido y casi mecánico que no eleva nuestro espíritu al ámbito de la fe, y corremos el peligro de hacer de la oración un diálogo con nosotros mismos y no abiertos a la escucha del Dios que nos ama, nos habla y nos sana.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
19 de mayo de 2018 - Pentecostés PDF Imprimir E-mail

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PENTECOSTÉS

Con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés se concluye la misión de Jesucristo, que fue enviado para realizar una Alianza nueva y definitiva entre Dios y el hombre. La novedad de esta Alianza es que no está dada en términos de una ley exterior al hombre que debe observar, sino como una presencia interior que lo mueve a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios expresada en su Palabra. Podemos decir que el Espíritu Santo viene a interiorizar como gracia la obra de Nuestro Señor Jesucristo. Esto lo expresaba de un modo muy claro san Agustín, cuando decía: “Señor, no me des un mandamiento que no lo puedo cumplir, dame tu gracia (tu Espíritu), y después pídeme lo que quieras” (cfr. Confesiones). Así lo decimos en nuestras oraciones: “Ven Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles”. El Espíritu Santo viene para hacer realidad en nosotros la Pascua de Jesucristo. La misma letra del Evangelio sino se convierte en gracia por el don del Espíritu, es solo letra.

Con la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés nace la Iglesia, que ya había sido instituida por Jesucristo, pero le faltaba esta presencia prometida. La espera de los apóstoles junto a la presencia de la Virgen María, se convierte en Pentecostés en un acontecimiento que todo lo cambia, que los transforma y los hace testigos ante el mundo. Ahora comprenden el evangelio y las palabras de Jesús cuando les hablaba de instituir la Iglesia como una comunidad viva y los enviaba a evangelizar. Conocían el evangelio, podemos decir, pero aún no habían recibido la fuerza del Espíritu Santo para comprenderlo; por ello decimos que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su principio de permanente de renovación. Él nos convierte: “a manera de piedras vivas, edificados como una casa espiritual… Ustedes, (nos dice san Pedro), son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe. 2, 5-9).

Esta presencia del Espíritu Santo sigue siendo actual y busca orientar nuestra mirada y nuestros pasos hacia Jesucristo. No le corresponde a él revelarnos un nuevo mensaje o un nuevo evangelio, sí hacernos comprender el único evangelio de Jesucristo y darnos la fuerza para vivirlo. El fruto del Espíritu es, nos dice san Pablo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal. 5, 22). El signo de su presencia en la Iglesia es el espíritu de comunión y de misión.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
12 de mayo de 2018 - La Ascensión del Señor PDF Imprimir E-mail

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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Con la celebración de la Ascensión del Señor se cierra el tiempo pascual y nos abrimos a la espera del Espíritu Santo prometido, que celebraremos en Pentecostés. Jesucristo vuelve junto al Padre pero ya no solo como vino, sino como cabeza de un pueblo redimido. Es la fiesta de la esperanza de los que creemos en el triunfo de Jesucristo en la Pascua. Nos alegramos también por él, porque ha cumplido la voluntad de su Padre que era su alimento, ahora vuele junto a él pero manteniendo su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Como vemos, la fe cristiana no se apoya en el recuerdo de alguien que vivió en otro tiempo y nos dejó una enseñanza, sino la certeza de su presencia actual que nos abre a una vida nueva de comunión con él.

El día de su Ascensión Jesús al despedirse de los apóstoles les deja una misión de alcance universal: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, les dice, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 19-20). Toda su vida fue una misión, es más, la razón de su envío es misionera: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo… no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 16). Esta es la fuente de la universalidad de su mensaje. En la persona de Jesús tomamos contacto con Dios, Padre y Creador de todos los hombres. El horizonte de su venida y predicación es universal, no está reducido a un pueblo o a una raza, por ello, la misión no es un agregado para la Iglesia, sino su verdad más profunda, siempre está llamada a ser una “Iglesia en salida”, nos diría Francisco.

Jesucristo no nos deja la misión como un mandato que debemos cumplir y se desentiende de nosotros, por el contrario, nos asegura su presencia: “estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”, nos dice. ¿Cómo está presente, hoy? Esta es la misión propia del Espíritu Santo que nos comunica su presencia como una gracia que transforma nuestra vida y nos acompaña. Entramos en el ámbito de la fe que se apoya en la palabra y la promesa de Jesucristo, es en este sentido que la carta a los Hebreos afirma con claridad: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús” (Heb. 12, 2).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
05 de mayo de 2018 - Ustedes son mis amigos PDF Imprimir E-mail

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USTEDES SON MIS AMIGOS

En este 6° domingo de Pascua Jesucristo nos abre la intimidad de su corazón y nos llama amigos: “Ustedes son mis amigos…nos dice, yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn. 15, 15). Podríamos decir que Jesucristo achica la relación del hombre con Dios, instaura un nuevo modo de relacionarnos con él. Jesucristo ha sido enviado para revelarnos la cercanía de Dios. Este es uno de los misterios centrales de la fe cristiana, Dios se ha hecho hombre, se ha encarnado, ha asumido la condición humana para salvarla. Esto, sin embargo, no lo hace sin contar con nosotros. Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, para que el hombre encuentre en él el sentido de su vida. El Concilio Vaticano II nos dice: “el misterio del hombre solo se ilumina a la luz de Jesucristo”.

Este camino de amistad con Jesucristo tiene una certeza y uno pasos que debemos estar dispuestos a transitar, no es algo mágico. La certeza es que él nos amó primero, es decir, hay algo que pone primero Dios: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes” (Jn. 15, 16). Es importante, sabernos amados y elegidos, ¿quiénes?, todos. Puede haber una elección para una misión especial, por ejemplo los apóstoles, pero en el ofrecimiento de esta amistad, todos estamos incluidos. Cuando no partimos de esta verdad de nuestra condición de criaturas, corremos el peligro de crear un dios a nuestra medida a quien, luego, pensamos que le obedecemos. El mejor camino para escucharlo a Dios es escucharlo a Jesucristo: “porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”.

A esta primera certeza le deben seguir otros pasos. Les hablaría del discipulado, es decir, de una relación que se inicia en la escucha y va creando el clima necesario para ir creciendo en la amistad con el Señor. Si falta este proceso el encuentro puede ser pasajero, no tener profundidad. Hay una cultura del presente que nos puede aislar de un camino a seguir, que solo crea relaciones fugaces. El discipulado, en cambio, va profundizando la relación con el Señor, nos dispone a un camino que va echando raíces y tiene un futuro cierto. En este contexto, podremos escuchar y comprender lo que les termina diciendo: “yo los elegí….y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn. 15, 16). El discipulado concluye en una misión que da sentido a la vida.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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