Mons. José María Arancedo - Homilía Misa Guadalupe 2018 PDF Imprimir E-mail

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guadalupe 2018SOLEMNIDAD DE NTRA. SRA DE GUADALUPE
Basílica Ntra. Sra. de Guadalupe – 15 de abril de 2018

Como todos los años venimos a Guadalupe para celebrar la Fiesta de nuestra Madre y Patrona de Santa Fe. No es una Fiesta más, para nosotros, los santafesinos, es un momento de encuentro a los pies de su Santuario en el que le renovamos nuestro amor, fortalecemos nuestra fe en Jesucristo y expresamos nuestra identidad católica. No podemos separarla de su Hijo, Ella siempre está junto a Él y nos va a reclamar que lo sigamos y que seamos testigos de su Evangelio. Este Santuario Basílica, tan querido y visitado, es expresión de la fe de un pueblo que lo ha levantado como testimonio de su gratitud y amor filial. También quisiera recordarles que este año se cumplen 100 años de su creación como parroquia y 90 años de la Coronación Pontificia de la imagen de la Virgen.

Por eso hoy queremos detener nuestra mirada en Ella, venimos a agradecerle su presencia en este lugar donde la sentimos muy cerca, y a pedirle que nos siga acompañando y mostrándonos el camino de su Hijo. ¡Cuánta seguridad nos da acercarnos a Ella para hablarle con la confianza de un hijo! Llegar a Guadalupe nos hace bien, sabemos que ella nos espera y que siempre tiene algo que decirnos en la intimidad de la oración. Su palabra tiene esa suave exigencia del amor de una madre que busca el bien de sus hijos.

Ser cristiano no es encerrarnos en una intimidad que nos aísla, por el contario, nos mueve a dar testimonio de lo que creemos. Vivimos en un mundo herido por el pecado que tanto daño hace al hombre, especialmente a los más vulnerables, que presenta diversos rostros pero que tienen en común la mentira, la corrupción y la muerte. ¡Cómo no vamos a traer hoy a este Santuario el dolor de tanta gente que vive la angustia de la inseguridad, de la pobreza, del avance del narcotráfico y de la muerte en nuestros barrios! No podemos acostumbrarnos a vivir en un mundo que contradice la bondad de la obra de Dios y su dignidad, un mundo donde el hombre con su avaricia y egoísmo ha ido destruyendo la exigencia moral de los valores. En este contexto estamos llamados a vivir y a predicar el Evangelio del amor y de la vida, de la verdad y la justicia, de la reconciliación, la misericordia y la paz. El mal, queridos hermanos, no tiene, y no puede tener la última palabra.

Este año hemos sido invitados a peregrinar bajo el lema: Madre de Guadalupe, que seamos una Iglesia misionera. Le pedimos a María lo que nos pediría Jesucristo como miembros de su Iglesia: Ser una Iglesia misionera. Porque ser cristiano es ser misionero, es ser consciente de haber recibido un mensaje que estamos llamados a vivir y comunicar. Un cristiano que no se sienta llamado a trasmitir su fe, no es digno de la Iglesia que quiso Jesucristo, una “Iglesia en salida”, como nos diría Francisco. ¡Qué triste cuando el rostro de la Iglesia se va desdibujando en personas buenas, que cumplen y se sienten satisfechas, pero que han ido perdiendo la alegría del fervor misionero! Renovar este espíritu es una tarea permanente en la Iglesia que nos debe llevar a examinar nuestra vida y compromiso con el proyecto de Jesucristo. Esto le pedimos hoy en Guadalupe: Madre, queremos ser una Iglesia misionera.

Nuestro peregrinar presenta este año un motivo de especial reflexión y oración respecto al valor de la vida, es un año en el que se va a discutir la despenalización del aborto. No es un tema primariamente religioso, pero debemos asumir una postura clara, defendemos la vida de la madre y del hijo. Estamos ante una verdad humana y científica que compromete nuestra fe en un Dios, que nos ha creado como seres espirituales con un horizonte trascendente. Aceptar que desde la concepción hay vida humana exige la existencia de una ley que, para ser justa, debe protegerla. No somos dueños de lo que ya tiene identidad y autonomía, aunque esté en camino a su independencia y madurez, eso es parte de su vulnerabilidad. Nuestra libertad no tiene derecho a disponer ni a destruir la vida humana.

La vida naciente no puede quedar librada a una decisión personal, no estamos ante un acto privado sin consecuencias jurídicas y culturales. Es necesario y urgente crear las condiciones sociales como los medios de prevención, en el marco de una educación sexual integral que permita asumir, desde una libertad responsable, la decisión de respeto a la dignidad de la vida que se inicia. Junto al cuidado de esta vida por nacer, debemos acompañar y no condenar a la mujer, ella también es víctima. El aborto nunca es una solución, siempre será un drama. Con mucha claridad Francisco en su reciente Exhortación Apostólica, afirma: “La defensa del inocente que no ha nacido, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada. Igualmente, concluye, es sagrada la vida de los pobres que ya han nacido” (G.E. 101). Quiero poner en este día, aquí en Santa Fe cuna de la Constitución Nacional, y a los pies de Nuestra Madre de Guadalupe, el cuidado de la vida en nuestra amada Patria.

Queridos hermanos, solo me queda decirles que cuiden este camino providencial de la fe que han recibido con la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, es una riqueza religiosa y cultural santafesina abierta a todos nuestros hermanos. Que María los acompañe con su amor de Madre. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Última actualización el Lunes, 16 de Abril de 2018 10:42